— Sin duda no esperarás que te lo revele. Podemos tolerar intrusos, pero los espías reciben un trato mucho más severo.

El capitán se las apañó como pudo.

— No esperaba que me revelaras nada. Simplemente sugería, del modo más discreto posible, que quizá no deberías preguntarme como cruzamos ese pasaje terrestre.

— Oh, pero debo hacerlo. Creo que no entiendes tu situación, forastero. Lo que tú pienses de mi no tiene importancia, pero lo que yo piense de ti importa muchísimo. Por decirlo sin rodeos, para que te deje continuar el viaje, deberás convencerme de que eres inofensivo.

— Pero ¿qué daño podemos causaros?. Somos la tripulación de una nave. ¿Por que nos teméis tanto?

— ¡No os tememos! — La respuesta fue brusca y enfática —. El daño que podéis hacer es obvio. Una persona, y mucho más una tripulación, podría llevar información que no deseamos brindar. Comprendemos, por supuesto, que los bárbaros no podrían aprender el secreto del vuelo a menos que se les explicara muy cuidadosamente; por eso me reí de tu pregunta. Aun así, deberías ser más cauto.

Barlennan no había oído ninguna risa, y comenzó a tener ciertas sospechas acerca del intérprete y su gente. Una verdad a medias que pareciera una concesión por parte de Barlennan quizá fuera lo más aconsejable.

— Obtuvimos gran ayuda para acarrear la nave por tierra — dijo, adoptando un tono huraño.

— ¿De los arrojadores de rocas y los moradores del río? Debes de tener una lengua muy persuasiva. De ellos solo hemos recibido proyectiles.

Para alivio de Barlennan, Reejaaren no insistió en el tema y abordó asuntos más inmediatos.