— ¿Así que deseáis traficar con nosotros, ahora que estáis aquí? ¿Qué tenéis? Me imagino que también desearéis visitar una de nuestras ciudades.

Barlennan olió la trampa y respondió en consecuencia.

— Comerciaremos aquí, o donde vosotros dispongáis, pero no deseamos alejarnos mucho del mar. Lo único que podemos ofrecer, por el momento, es un cargamento de alimentos del istmo, pero debéis poseer mercancías de esa clase en gran cantidad, gracias a vuestras máquinas volantes.

— La comida es fácil de vender — replicó el intérprete en tono neutro —. ¿Deseáis realizar las transacciones antes de acercaros más al mar?

— De ser preciso, como dije, aunque no veo por que tendría que serlo. ¿Acaso vuestras máquinas volantes no podrían aprehendernos antes de que llegásemos muy lejos, si intentáramos alejarnos de la costa contra vuestros deseos?

Si Reejaaren había dejado de sospechar, la ultima pregunta le hizo ponerse nuevamente en guardia.

— Quizá, pero no soy yo quien decide, sino Marreni. Aún así, sospecho que os convendrá aligerar vuestra nave aquí. Habrá aranceles portuarios, de cualquier modo.

— ¿Aranceles portuarios? Ni esto es un puerto, ni yo desembarqué aquí. La tormenta me trajo.

— No obstante, las naves extranjeras deben pagar aranceles portuarios. Señalaré que la cantidad es fijada por el Oficial de Puertos Exteriores, y él recibirá una impresión de vosotros a través de mi. Sería conveniente una mayor cortesía.

Barlennan dominó su temperamento con dificultad, pero manifestó que el intérprete tenía razón. Se explayó sobre esto, con lo cual logró aplacar al individuo. Al menos, éste se marchó sin mas amenazas, manifiestas o implícitas.