Dos de sus acompañantes lo siguieron; los demás se quedaron donde estaban. Los hombres de los otros planeadores cogieron las dos cuerdas unidas a la estructura desarmable y jalaron. Las cuerdas se estiraron increíblemente, hasta que los garfios quedaron sujetos a un accesorio del morro del planeador. La nave quedó liberada y las cuerdas se contrajeron, volviendo a su longitud original y catapultando al planeador.

Barlennan sintió al instante el deseo de poseer esa cuerda elástica. Lo comentó, y Dondragmer compartió su deseo. El piloto había oído toda la conversación, y también compartía los sentimientos del capitán hacía el lingüista del Oficial de Puertos Exteriores.

— ¿Sabes, Barl? Creo que deberíamos poner a ese joven en su sitio. ¿Quieres intentarlo?

— Me encantaría, pero creo que no podemos permitirnos el lujo de dejar que se enfurezca hasta que estemos a buena distancia. No quiero que él y sus amigos arrojen sus lanzas sobre el Bree.

— No me propongo enfurecerlo, sino intimidarlo. «Bárbaros»… Se tragará esa palabra aunque tenga que cocinársela yo mismo. Todo depende de ciertas cosas. ¿Saben los Voladores cómo funcionan esos planeadores? ¿Crees que nos lo revelarían?

— Tal vez lo sepan, a menos que tengan máquinas mejores desde hace tanto tiempo que lo hayan olvidado…

— Mucho mejor, para lo que tengo en mente.

— Pero no sé si nos lo revelarán. Creo que ya sabes lo que me propongo obtener con este viaje; quiero aprender todo lo posible sobre la ciencia de los Voladores. Por eso deseo llegar hasta ese cohete que está cerca del Centro; Charles dijo que contenía gran parte del equipo científico más avanzado que poseen. Cuando lo tengamos, no habrá ningún pirata del mar o de las costas que pueda tocar el Bree y nunca mas pagaremos aranceles portuarios. Entonces llevaremos la voz cantante.

— Eso suponía.

— Por eso me pregunto si nos revelaran lo que deseas. Quizá sospechen mis intenciones.