— Creo que eres demasiado suspicaz. ¿Alguna vez pediste esa información científica que deseas robar?

— Sí. Charles siempre dijo que era difícil de explicar.

— Quizá tenga razón. Tal vez ni siquiera él lo sepa. Aún así, quiero preguntar a uno de los suyos sobre estos planeadores. Tengo un plan para bajarle los humos a ese Reejaaren.

13 — UN COMENTARIO INOPORTUNO

Afortunadamente, Reejaaren tardó varios días en regresar, aunque su gente se quedó.

Entre cuatro y seis planeadores sobrevolaban constantemente el lugar, y el resto aguardaba en las colinas, junto a las catapultas. La cantidad de naves aéreas no cambiaba notablemente, pero la población de las colinas crecía día a día. Los terrícolas habían aceptado con entusiasmo — y, por lo que sospechaba Barlennan, con cierto grado de diversión— el plan de Dondragmer.

El plan estuvo maduro y ensayado mucho antes del regreso del intérprete, y los oficiales estaban impacientes por ponerlo en práctica, aunque Dondragmer había pasado bastante tiempo ante la radio, enfrascado en otro nuevo proyecto. Después de dominarse unos días, el capitán y el piloto se dirigieron una mañana hacía los planeadores aparcados en la colina, decididos a poner la idea en práctica pese a que ninguno de los dos había mencionado su intención. El tiempo estaba totalmente despejado, y solo el viento perpetuo de los mares de Mesklin favorecía o estorbaba el vuelo. Al parecer, ahora lo favorecía: los planeadores tironeaban de los cables como criaturas vivientes, y sus tripulantes permanecían junto a las alas aferrados con fuerza a los arbustos circundantes, evidentemente preparados para añadir su propia fuerza, si era preciso, a la de los cables.

Barlennan y Dondragmer se acercaron a las máquinas hasta que les ordenaron detenerse. Ignoraban el rango de autoridad del individuo que impartía la orden, pues no llevaba insignias; sin embargo, discutir esas cuestiones no formaba parte del plan. Se detuvieron y echaron una mirada casual a las máquinas desde treinta o cuarenta metros de distancia, mientras los tripulantes los observaban con hostilidad. Aparentemente, la arrogancia de Reejaaren no era un rasgo atípico entre aquel pueblo.

— Parecéis asombrados, bárbaros — señaló uno de ellos al cabo de un breve silencio —. Si creyera que podéis aprender algo mirando nuestras máquinas, tendría que deteneros.

Pero, en realidad, puedo asegurar que tenéis un aire infantil. — Hablaba el idioma de Barlennan con un acento no mucho peor que el del principal lingüista.