Hubo una demora entre su aterrizaje y su descenso hasta el Bree, y parecía probable que el guardia le hubiera comunicado la conversación; sin embargo, al principio no hizo ningún comentario al respecto.

— El Oficial de Puertos Exteriores ha decidido suponer, por el momento, que vuestras intenciones son inocuas — comenzó —. Desde luego, habéis violado nuestras reglas al venir a la costa sin autorización; pero reconoció que os encontrábais en aprietos y está dispuesto a ser tolerante. Me autoriza a inspeccionar vuestro cargamento y evaluar la cantidad necesaria para el arancel y la multa.

— ¿No desearía el Oficial ver nuestro cargamento con sus propios ojos, y quizás aceptar una prenda de nuestra gratitud por su amabilidad? — Barlennan logró hablar sin sarcasmo.

Reejaaren respondió con el equivalente de una sonrisa.

— Tu actitud es loable. Sin duda nos llevaremos muy bien. Lamentablemente, él está ocupado en otra isla y continuará estándolo durante días. Si todavía no os habéis marchado al final de ese período, creo que aceptará complacido vuestra oferta.

Entretanto, vayamos a nuestro asunto.

Reejaaren no perdió sus aires de superioridad mientras examinaba el cargamento del Bree, pero le proporcionó a Barlennan cierta información que jamás habría ofrecido conscientemente. Sus palabras, desde luego, tendían a desdeñar el valor de todo lo que veía; desvariaba sin cesar sobre la «misericordia» de su jefe, Marreni. Sin embargo, se apropió, como multa, de una buena cantidad de las «piñas» que habían recogido durante el viaje a través del istmo. Ahora bien, en principio debía de resultarles fácil obtenerlas, pues la distancia no era muy grande viajando en planeador. Mas aún, el intérprete había recalcado su conocimiento de los nativos de esas regiones. Por lo tanto, si Reejaaren otorgaba tanto valor a esos frutos, significaba que los «bárbaros» del istmo eran un hueso duro de roer para el cultismo pueblo del intérprete, y que estas gentes no eran los amos de la creación tal como pretendían.

Una vez que se pagó la multa, los espectadores de las colinas descendieron en enjambres; y la conclusión acerca del valor de la fruta semejante a una piña quedó ampliamente confirmada. Al principio, Barlennan era reacio a venderla toda, pues esperaba obtener muy buenos precios al regresar; pero luego pensó que, de todos modos, tendría que pasar por la fuente de aprovisionamiento antes del retorno.

Muchos compradores eran evidentemente mercaderes profesionales, y poseían mercancías en abundancia. Algunas eran comestibles, pero los tripulantes, siguiendo órdenes del capitán, les prestaron poca atención. Los mercaderes lo aceptaron como natural; a fin de cuentas, aquellas mercancías eran de escaso valor para un mercader de ultramar, quien podía extraer sus alimentos del océano, pero no podía conservar la mayor parte de los comestibles el tiempo suficiente para venderlos en casa. Las «especias», que eran poco perecederas, constituían la principal excepción a esta regla, y los mercaderes locales no ofrecieron nada de esto.

Algunos mercaderes, sin embargo, tenían material interesante. Para sorpresa de Barlennan, ofrecieron la cuerda y la tela que tanto le fascinaban. Trató personalmente con uno de los vendedores. El capitán palpó esa textura increíblemente elástica y resistente para asegurarse de que fuera el mismo material que usaban en las alas de los planeadores. Reejaaren estaba en las cercanías, así que Barlennan debió actuar con cautela. El mercader le informó que era una tela tejida, a pesar de las apariencias. La fibra era de origen vegetal — el taimado mercader se negó a ser más específico— y la tela, una vez tejida, se trataba con un líquido que disolvía las hilachas y llenaba los orificios con el material así obtenido.