— Entonces, ¿la tela no deja pasar el viento? Creo que podría venderla bien en mi patria. No tiene fuerza suficiente para usos prácticos como construir un techo, pero es muy ornamental, sobre todo en sus versiones de color. Aun en contra de mis intereses, debo admitir que es el material más vendible que he visto en esta isla.

— ¿Que no tiene fuerza suficiente? — intervino el indignado Reejaaren —. Este material no se fabrica en ningún otro lado, y es la única tela con fuerza y liviandad suficientes para las alas de nuestros planeadores. Si la compras, tendremos que dártela en fardos pequeños que no alcancen para ese propósito, pues sólo un necio utilizaría paños cosidos para construir un ala.

— Desde luego — convino Barlennan, muy desenvuelto —. Supongo que ese material se podría usar en las alas aquí, donde el peso es tan pequeño. Te aseguro que sería inútil para ello en las altas latitudes; un ala del tamaño suficiente para elevar a alguien, la haría trizas un viento con fuerza suficiente para elevarla.

El capitán citaba casi literalmente a sus amigos humanos, quienes le habían sugerido la razón de que en los países meridionales nunca se vieran planeadores.

— Desde luego, en estas latitudes los planeadores pesan poco — convino Reejaaren.

Sería una estupidez construirlos más fuertes de lo necesario, pues solo se conseguiría incrementar su peso.

Barlennan decidió que su adversario táctico no era muy brillante.

— Naturalmente — concedió —. Supongo que, con las tormentas que se producen aquí, vuestras naves de superficie deben ser más fuertes. ¿Alguna vez son arrojadas tierra adentro, como ocurrió con la mía? Nunca vi un oleaje tan alto.

— Naturalmente, tomamos precauciones cuando se aproxima una tormenta. El mar solo se eleva así en estas latitudes de poco peso, por lo que he podido observar. Nuestras naves son muy parecidas a las vuestras; en cambio, veo que tenemos distinto armamento. El vuestro me resulta extraño. Sin duda, nuestros filósofos de la guerra lo encontraron inadecuado para las tormentas de estas latitudes. ¿Sufrió averías cuando el huracán os empujó aquí?

— Muy serias — mintió Barlennan —. ¿Cómo están armados vuestros buques?