Y, tras este comentario, reanudó la marcha hacia los planeadores.
Barlennan se volvió hacia la nave. Estaba a punto de ordenar que se reiniciara el viaje río abajo — habían cargado las mercancías apenas las compraron—, cuando advirtió que las estacas lanzadas por los planeadores aún bloqueaban el camino. Iba a llamar al isleño para pedir que las extrajeran, pero lo pensó mejor. No estaba en posición de exigir nada, y Reejaaren sin duda se daría aires de superioridad si se lo pedía. Los tripulantes del Bree cavarían para superar el problema. Una vez a bordo, impartió una orden en este sentido, y los marineros reunieron de nuevo una cuadrilla; pero Dondragmer les interrumpió.
— Me alegra ver que no perdí el tiempo con mi proyecto — dijo.
— ¿Qué? — preguntó el capitán —. Sabía que andabas tramando algo durante estos últimos cuarenta o cincuenta días, pero estaba demasiado atareado para averiguar que.
Pudimos encargarnos del trueque sin ti. ¿Qué estabas haciendo?
— Fue una idea que se me ocurrió cuando quedamos apresados aquí; la tuve cuando hablaste con los Voladores sobre una máquina que extrajera las estacas. Luego les pregunté si había una máquina de ese tipo que no nos resultara demasiado complicada de entender, y, tras reflexionar, uno de ellos me dijo que si. Me indicó como fabricarla, y eso estuve haciendo. Si armamos un trípode junto a una de las estacas, veré como funciona.
— Pero, ¿qué máquina es ésa? Creía que todas las máquinas del Volador estaban hechas de metal, y que no podíamos manufacturarlas porque para ser duras necesitan mucho calor.
— Se trata de esto.
El piloto exhibió dos objetos en los que había estado trabajando. Uno era simplemente una polea de diseño elemental, muy ancha y provista de un gancho. El otro era similar, pero el doble de grande, con dientes que se proyectaban desde la circunferencia de ambas ruedas. Las ruedas estaban talladas a partir de bloques sólidos de madera dura y unidas. Al igual que la primera polea, la segunda estaba equipada con un gancho. Una correa de cuero trenzado rodeaba el borde de ambas ruedas; presentaba una serie de agujeros que concordaban con los dientes, y sus puntas se enganchaban formando un doble rizo continuo. El artilugio no tenía sentido para los mesklinitas, que no entendían como funcionaba; de hecho, dudaban que funcionara. Dondragmer lo llevó frente a una de las radios y lo depositó en cubierta.
— ¿Ahora está correctamente ensamblado? — preguntó.