— Debí reparar antes en eso — dijo el intérprete —. Entonces no habría dudado que venías del sur. ¿Cómo obtuviste eso de los nativos?

Al responder a esta pregunta, Barlennan cometió su primer gran error en sus tratos con el isleño.

— Oh, la trajimos con nosotros. A menudo las llevamos para acarrear provisiones adicionales. Notarás que, por su forma, es fácil de remolcar.

Había aprendido estas nociones elementales de aerodinámica de Lackland, poco después de adquirir la canoa.

— Oh, ¿conque también manufacturáis esas naves en vuestro país? — preguntó el intérprete con curiosidad —. ¡Qué interesante! Nunca vi una en el sur. ¿Puedo examinarla, o no tienes tiempo? Nosotros nunca nos molestamos en usarlas.

Barlennan titubeó, sospechando que esta ultima afirmación era una maniobra muy similar a las que él empleaba; pero no veía razones para negarse, pues Reejaaren no podía averiguar más mirando de cerca que mirando desde donde estaba. A fin de cuentas, lo importante era la forma de la canoa, y cualquiera podía verla. Ordenó que el Bree se aproximara a la costa, jaló la canoa con la cuerda de remolque y la impulso hacía el isleño.

Reejaaren se sumergió en la bahía y nadó hasta la pequeña embarcación cuando ésta encalló. Arqueo la parte superior del cuerpo para mirar dentro de la canoa; sus potentes brazos con pinzas palparon los costados. Eran de madera común, y cedían ante la presión; de pronto, el isleño emitió un ronquido de alarma que puso en alerta a los cuatro planeadores que sobrevolaban el Bree y a las fuerzas de tierra.

— ¡Espías! — gritó —. Trae tu nave a tierra, Barlennan…, si ése es tu verdadero nombre.

¡Eres un buen mentiroso, pero esta vez tus mentiras te llevarán a la cárcel!

14 — EL PROBLEMA DE LOS BOTES HUECOS