Los terrícolas soltaron un suspiro de alivio. Sin embargo, esa reacción resultó ser prematura.

Los planeadores habían sobrevolado la zona durante el trayecto hasta el lago. Si a sus tripulantes les había sorprendido el método utilizado para extraer las lanzas, no habían dado indicios de ello. Desde luego, Barlennan esperaba que lo hubieran visto y hubiesen añadido la información a la lista de los logros superiores a los de su propio pueblo. No le sorprendió ver varios planeadores en la playa, cerca de la boca del fiordo, y ordenó al timonel que virara hacia la costa. Al menos los isleños notarían que había recobrado las lanzas intactas.

Reejaaren fue el primero en saludarlos cuando el Bree ancló a pocos metros de la costa.

— Conque tu nave ya está en condiciones de hacerse a la mar, ¿eh? Si yo estuviera en tu lugar, procuraría afrontar las tormentas a gran distancia de tierra.

— Correcto — convino Barlennan —. Cuando se surca un mar desconocido, lo importante es saber a que atenerse en ese sentido, Tal vez quieras decirnos la disposición de las tierras en este mar. O quizá tengas mapas que nos puedas ofrecer. Debí pensar en pedírtelo antes.

— Nuestros mapas de estas islas son secretos — replicó el intérprete —. Sin embargo, estarás fuera del archipiélago dentro de cuarenta o cincuenta días, y luego no habrá tierras durante miles de días de navegación hacia el sur. Ignoro la velocidad de tu nave, así que no sé cuánto tardarás. La mayoría de las tierras son islas, pero luego la costa de las tierras que cruzaste vira hacia el este, y… — utilizó una expresión que aludía a una lectura de la balanza de resorte y que correspondía a unas cuarenta y cinco gravedades terrícolas de latitud —. Podría hablarte de muchos pueblos de esa costa, pero me llevaría demasiado tiempo. Lo resumiré diciendo que prefieren comerciar a luchar…, aunque sin duda harán lo posible para no pagar lo que adquieran.

— ¿Alguno de ellos sospechará que somos espías? — preguntó Barlennan de buen talante.

— Ese riesgo existe, aunque tienen pocos secretos dignos de robarse. Probablemente traten de robarte los tuyos, sí intuyen que tienes alguno. Te aconsejo que no menciones el tema del vuelo mientras estás allá.

— No pensábamos hacerlo — le aseguró Barlennan, ocultando su satisfacción —. Te agradecemos los consejos y la información.

Dio órdenes de izar el ancla, y por primera vez Reejaaren reparó en la canoa, que ahora navegaba nuevamente al final de la cuerda, cargada de alimentos.