— Hagámoslo — exclamó —. Hay algo que deseo probar desde que estuvimos en esa aldea del río.
— ¿Qué?
— No querrás que lo diga en presencia de nuestro amigo. Pero te haré una demostración si así lo deseas.
Barlennan titubeó un instante y luego asintió.
Barlennan parecía un poco preocupado cuando Krendoranic abrió uno de los armarios de municiones, pero el oficial sabía qué estaba haciendo. Extrajo un pequeño bulto envuelto en un material que lo protegía contra la luz, demostrando así a qué se había dedicado por la noche desde que habían abandonado la aldea de los moradores del río.
Cogió el bulto y lo sujetó con firmeza a una de las flechas de la ballesta, rodeando el asta y el bulto con una capa de tela para que ambos extremos quedaran amarrados con firmeza. Luego calzó el proyectil en el arma. Siendo oficial de municiones, se había familiarizado con la ballesta durante el breve trayecto río abajo y el ensamblaje del Bree, y no tenía dudas de que podía acertarle a un blanco fijo a razonable distancia; no estaba tan seguro de los objetos móviles, pero al menos los planeadores solo podían virar rápidamente si se inclinaban de golpe, y eso le serviría de advertencia.
Lanzó una orden, y uno de los marineros que se encargaba del lanzallamas se acercó con el artefacto de ignición y esperó. Luego, para fastidio de los terrícolas, se arrastró hasta la radio más próxima y apoyó en ella el soporte de la ballesta para afirmarse y alzar el arma. Eso impidió a los seres humanos ver qué sucedía.
Los planeadores aún revoloteaban a baja altura, a unos quince metros de la bahía, y por momentos sobrevolaban directamente el Bree como preparándose para lanzar sus proyectiles; incluso un tirador menos experimentado que el oficial de municiones hubiera dado en el blanco. Cuando una de las máquinas se aproximó, dio una orden al asistente y apuntó hacia el aparato. En cuanto estuvo seguro, dio otra orden y el asistente encendió el bulto que estaba sujetó a la flecha. En cuanto brotaron las llamas, las pinzas de Krendoranic se cerraron sobre el gatillo y una estela de humo indicó la trayectoria del proyectil.
Krendoranic y su asistente se agacharon y rodaron hacia el viento para apartarse del humo; los marineros situados a sotavento brincaron a ambos lados. Cuando se sintieron a salvo, la acción aérea casi había concluido.
La flecha había estado a punto de errar el blanco, pues el tirador había subestimado la velocidad. Había dado en la popa del fuselaje principal, y el paquete de polvo de cloro ardía ferozmente. La nube de llamas se propagaba por la parte trasera del planeador, dejando una estela de humo que las otras máquinas no intentaron eludir. La tripulación de la nave averiada escapó a los efectos del vapor, pero en cuestión de segundos los controles de cola se incendiaron. El planeador se precipitó hacia la playa y los tripulantes saltaron poco antes del impacto. Las dos naves que seguían el humo también perdieron el control, ya que el cloruro de hidrógeno incapacitó al personal, y ambas cayeron en la bahía. Fue uno de los disparos antiaéreos más memorables de la historia.