CAPÍTULO V.

¿CUÁNDO, CÓMO Y CON QUÉ CONSECUENCIAS SE PERPETÚA LA DESIGUALDAD Ó SE RESTABLECE LA IGUALDAD?

Hemos visto que el resultado inevitable de la civilización, dada la naturaleza del hombre, es el progreso de la desigualdad, que se gradúa más y más á medida que aumentan los medios de diferenciarse. Valerosos heroicos y rebaños cobardes; ricos y pobres; ignorantes y sabios; todos los esplendores de la gloria, del genio, del lujo; todas las vilezas de la abyección, del embrutecimiento y de la miseria, crecen paralelas y separan cada vez más á los que elevan y á los que rebajan. Entonces llega una hora suprema en la vida de los pueblos, hora que decide de su prosperidad y á veces de su existencia, hora en que aceptan las divisiones de clases y de castas ó se rebelan contra el privilegio y piden derechos para todos, igualdad. Se comprende que ha de ser larga y terrible la lucha de los esclavos contra los señores, de los pobres contra los ricos, de los ignorantes contra los sabios; y se comprende también que si la igualdad es cosa fácil en una horda inculta, es muy difícil en un pueblo civilizado. Por más dificultosa que sea, es necesaria, en cierta medida, como la justicia, y se va reclamando y obteniendo en medio de combates, de exageraciones, de injusticias. Los que la piden y los que la niegan suelen desconocer sus condiciones, hasta dónde es preciso que llegue, de dónde no puede pasar, cómo es relativa al estado social del pueblo que la exige, y con frecuencia se ve en los privilegiados procedimientos para sostener la desigualdad que conduce al aniquilamiento y en los niveladores actos para establecer la igualdad salvaje.

En medio de esta lucha que inmola tantas víctimas y en que perecen tantos mártires, el trabajo se va lavando de la nota de infamia que le manchaba; la guerra se humaniza, no sólo en el sentido de no exterminar á los vencidos, sino en el de no oprimirlos, y tiende á igualarlos con los vencedores, ó los iguala absolutamente; el privilegio de las armas se convierte en una carga, en una profesión ó en un oficio; la religión llama á los hombres hermanos; la ciencia se difunde y se hace casi siempre aliada de los pequeños: es niveladora, no en el sentido de aplastar lo que sobresale, sino en el de elevar lo que está debajo; la miseria y la riqueza no se aproximan, pero se condicionan de diferente modo; no tienen el fatalismo inmóvil que las caracterizaba; puede ser rico y lo es muchas veces el hijo del pobre, y el del millonario muere en la miseria; ésta hará por mucho tiempo terribles estragos; pero nunca tantos como en los países en que hay la desigualdad de clases que no pueden confundirse, de castas eternamente separadas.

Las naciones, bajo el punto de vista que nos ocupa, forman dos grandes grupos: uno, de las que no reaccionan contra la desigualdad cuando ha llegado el caso en que es un elemento verdaderamente deletéreo, y se inmovilizan, decaen ó perecen; otro, de las que protestan, se rebelan, luchan contra los privilegios y los suprimen. Dependiendo la igualdad de causas tan varias, siendo tan influyente en todos los elementos sociales y tan influída por ellos, según circunstancias que varían al infinito, hallará mayores dificultades para establecerse, tendrá más combates, más vicisitudes, más derrotas, y avanzará rápida ó paulatinamente. Pero en todo caso, para el pueblo que llega á una civilización adelantada, el progreso, el verdadero progreso, que es á la vez material, intelectual y moral, no puede continuar sin el de la igualdad. Así la vemos crecer más despacio ó más de prisa, pero crecer siempre, en todos los pueblos verdaderamente prósperos y grandes.

¿Pero basta igualar á los hombres que forman una nación para que ésta sea digna y feliz? Seguramente que no. La igualdad forma parte de la justicia, no la constituye; y cuando el nivel está muy bajo, cuando significa la abyección de todos, menor será el daño si sobresalen algunos, y menos malas serán las aristocracias que el despotismo de uno solo sobre muchedumbres que, como rebaños, se esquilan y degüellan. Los defensores del privilegio presentan en su apoyo, no sólo aristocracias florecientes y democracias en decadencia, sino pueblos que fueron grandes mientras tuvieron profundas diferencias de castas ó clases, y para los cuales la igualdad fué la ruina.

Hay que distinguir, como hemos indicado, el nivel de la instrucción, del honor y de la virtud, del que establece el vicio, la ignominia y la ignorancia; hay que tomar la historia en largos períodos, sin lo cual no puede darnos lecciones. Llegados los pueblos á aquel grado de civilización en que la desigualdad inevitable subía al máximum, que degrada y arruina si no se reacciona contra ella, ¿quiénes son los que tienen interés y deseo de ponerle coto? Los que ha oprimido física, intelectual y moralmente: los pobres, los ignorantes, los viles; y como no es posible el instantáneo cambio que los iguale á los superiores, la transformación es lenta, y en algunos casos imposible. La desigualdad llega á ser como un miembro que es necesario cortar, pero al amputarle se ve que ha sido inútil; el organismo todo estaba inficionado, la fiebre purulenta sobreviene, y la muerte es inevitable. De la misma manera decaen ó perecen los pueblos de los cuales desaparece una institución que los ha corrompido sin remedio. Lejos de abonarse una aristocracia por los extravíos de la democracia que la sigue, se condena, y la igualdad no hace más que reflejar y revelar los vicios del privilegio; sólo se puede defender éste cuando puede transformarse, cuando tiene en sí bastantes elementos morales é intelectuales para ser humano y expansivo, de manera que su sombra no mate, sino que, por el contrario, pueda crecer en ella la práctica del deber y la idea del derecho. La desigualdad exagerada, la casta, la clase inmóvil, paraliza y arruina al pueblo que en el momento necesario no reacciona, y será arrastrado á su ruina por una minoría privilegiada, ó por la mayoría niveladora que proclame el derecho cuando ya no es capaz de practicar el deber. La plebe envilecida y poderosa que sucede á una aristocracia, lejos de abonarla es su condenación, porque es su obra.

El privilegio en el mundo civilizado y cristiano no desaparece entre las ruinas del pueblo que dominó; antes, por el contrario, va transformándose en derecho y dando lugar, no á la igualdad que rebaja, sino á la que eleva. Los patricios no son arrastrados por el oleaje pestilente de un populacho vil, sino convertidos en ciudadanos é igualados á los que intelectual y moralmente no son inferiores á ellos ó los aventajan. Sin duda pasiones y errores producen tempestades; pero después que pasan, y aun en medio de ellas, el nivel moral é intelectual se eleva más cada día, y las diferencias disminuyen, no porque los de arriba descienden, sino porque los de abajo suben. En todas las naciones que progresan, progresa la igualdad, y puede afirmarse que, en la medida justa, es un elemento indispensable de bienestar y grandeza.

Y ¿cómo sabremos cuándo la supresión del privilegio precede á la ruina de un pueblo, y cuándo á su engrandecimiento? Fácil es investigarlo. Basta saber si se nivela rebajando á los de arriba, ó elevando á los de abajo: si lo primero, la igualdad es la muerte; si lo segundo, la vida.

Todos los pueblos han pasado, pasan ó pasarán por esa crisis de su civilización en que la desigualdad inevitable llega á un máximum incompatible con el progreso si no se reacciona contra ella. Y ¿por qué esta reacción se verifica en unos países y en otros no, es á veces saludable, á veces dañosa, y caminando todos al privilegio por vías muy parecidas, unos le conservan, otros le suprimen con buen éxito, y algunos se arruinan al arruinarle? No sabemos si habrá quien pueda dar respuesta satisfactoria á la pregunta: por nuestra parte, estamos muy lejos de tener ciencia bastante para conocer las causas de tan varios efectos, y nos limitaremos á señalar una que nos parece de suma importancia.