En el que empieza á instruirse, la adquirida instrucción le da medios y facilidades para aumentarla; le inspira el deseo también por el amor á la ciencia ó el convencimiento de su utilidad; el que es ignorante y continúa siéndolo, aun en el caso de que pueda procurarse instrucción, no la procura, porque, no teniendo idea de las ventajas y de los goces del saber, no los busca; cuanto más tiempo pasa, más difícil le será el trabajo intelectual y tendrá menos deseo de vencer esta dificultad; su inteligencia se atrofiará como un órgano que no se usa, y por gravitación intelectual, el uno irá subiendo hasta ilustrarse, el otro descendiendo hasta embrutecerse.

El hombre virtuoso halla goces y facilidades para la virtud, que le elevan en ella cada vez más. Vencidos, tiene sus impulsos egoístas, sus apetitos groseros, sus ímpetus iracundos: luchó, triunfó, y ha llegado á aquella altura en que no comprende cómo pueda hacer mal á sabiendas en cosa grave, y en que su naturaleza, ennoblecida por su firme voluntad, tiene por ley hacer bien; este bien tiende á acrecentarse como los tesoros del rico. El hombre vicioso se debilita á medida que cede; cada falta es una derrota que le predispone á ser derrotado; á los efectos deprimentes del mal se añade el hábito de cometerle, y la pendiente hacia él es tan rápida, que sin una reacción fuerte, así como el que se elevó en la virtud puede llegar á ser santo, el que descendió se halla en peligro de ser criminal, y vemos esas criaturas que parecen impecables é incorregibles.

Pueden limitarse los casos (y creemos que se limitarán más cada vez) de miseria física, moral é intelectual; pero si cualquiera de ellos llega, por el hecho de existir propende á crecer, y nos parece que las grandes desigualdades, de cualquier género que sean, tienden á aumentarse, como la distancia entre dos líneas no paralelas que se prolongan.

Las necesidades sociales imponen cierto grado de desigualdad por la división de trabajo y por las diferencias que en el obrero lleva consigo la diferente clase de obra. Sin duda que se va reconociendo, y más cada vez, como un factor común al apreciar el valor de las personas y sus desemejanzas; este factor común es el elemento humano, la cualidad de hombre que todos tienen; pero aunque ésta nivele á los más humildes con los más elevados bajo ciertos conceptos, siempre sucederá que de las múltiples necesidades de una civilización adelantada hayan de resultar trabajos diversos que exigen aptitudes diferentes y combinaciones en el arte, en la ciencia, en la industria, en el comercio, muy propias para establecer desigualdades. Estas combinaciones podrán neutralizarse con otras, no destruirse, porque son indispensables en las necesidades crecientes de la creciente civilización.

El Derecho será límite á la igualdad siempre que contra él quiera girar fuera de su órbita. Un elemento social por mucho tiempo comprimido suele aparecer haciendo explosión; y como si quisiera vengarse de haber sido negado negando, pretende, no sólo su natural y debida influencia, sino la que corresponde á otros, y porque fué desconocido quiere ser preponderante. Algo de esto acontece con la igualdad, que, á consecuencia de depresiones injustas, pide nivelaciones imposibles. Contra sus extravíos no habría remedio más eficaz que el conocimiento del Derecho, si se generalizara; él encauzaría esa corriente que tiende á desbordarse, y en ocasiones se desborda. Cuando hay un derecho que lo es verdaderamente, no puede invalidarse por ninguna pretensión, injusta desde que pretende destruirle, y definiendo bien y marcando los límites de todos, se sabe de dónde no puede pasar cada uno. Esto es á la verdad bien sencillo y bien sabido, mas no por todos, y precisamente lo ignoran aquellos á quienes más convendría saberlo para no hacer de la igualdad alguna cosa absoluta, incondicionada y absorbente de todos los elementos sociales.

En virtud de la igualdad ante el Derecho, existe á veces la desigualdad entre los hombres; porque no teniendo todos iguales títulos, sería injusta su pretensión de igualarse. El malhechor que está preso y el hombre honrado que goza de libertad; el ignorante á quien se prohibe una profesión y el instruído á quien se autoriza para ejercerla; el pródigo á quien hay que quitar la administración de sus bienes, y el encargado por la ley para administrarlos, personas son que aparecen desiguales precisamente en virtud de la igualdad del Derecho, que, dando á cada uno lo que le es debido, no puede dar lo mismo á los que merecen de un modo tan diferente. A unos se debe una prisión, un tutor ejemplar, una camisa de fuerza; á otros el público aprecio, una corona, una estatua; y el que pretendiera identificar aquéllos y éstos, hollaría el Derecho en vez de establecerle.

Cierto que importa mucho antes consignar los derechos cerciorarse bien de que lo son; mas porque pueda haberlos mal definidos y aun en desacuerdo con la justicia, no se ha de atacar en su principio la santidad del Derecho ni prescindir de él alegando otro, sea el que fuere. Y como es raro, muy raro, que un derecho carezca enteramente de justicia, que en su motivo de ser no tenga alguna razón de ser, es necesario analizarle bien antes de declararle incompatible con otro que le destruya. Y de todos modos, y aunque la injusticia sea evidente, ni autoriza otra, ni con otra se neutraliza, sino que, por el contrario, se suma con ella. La igualdad fuera del derecho no estará fuera de él por atacar á alguno que á su vez no le haya respetado. Si yo, por ser igual al que tiene reloj, se lo quito á un ladrón que le ha robado, aunque mi derecho á la igualdad no esté limitado por el de propiedad, que él no tiene, lo estará por el de algún otro, puesto que es claro mi deber de no apropiarme lo que en ningún concepto puedo considerar como mío.

Así, pues, variarán los límites, pero siempre los hallará el derecho á la igualdad en otros derechos.