Y al que es moralmente miserable, ¿de qué le sirven los recursos materiales suficientes y aun superabundantes? ¿No vemos al vicioso y al criminal inutilizar ó volver contra sí y contra la sociedad los bienes y las dotes que había recibido de la fortuna ó de la naturaleza? Igual ó superior á los que estaban al nivel común, ¿no ha descendido hasta los más bajos? ¿No le vemos rehusar el trabajo material y el del espíritu, ó incapaz de trabajar á fuerza de excesos ó por el hábito de la holganza? ¿De qué le servirá la igualdad ante la ley que le allanó los caminos de la fortuna, si él se labra su desgracia y es propio é insuperable obstáculo á su bienestar?

La miseria intelectual prepara también las otras: cierto que la honradez es compatible con muchos grados de ignorancia. Siendo el lazo moral el más fuerte y necesario para que los hombres puedan vivir asociados, y la moralidad la condición más precisa para su moralización, Dios ha provisto á esta imperiosa necesidad dándoles la intuición del mal y del bien y el libre albedrío para realizarle. Basta poca inteligencia para ser bueno y aun para ser justo; pero alguna se necesita, y más cuando se vive en un pueblo ilustrado. La vida social en parte es armonía, en parte lucha, y fácil es notar que nuestra existencia es utilizar armonías y triunfar de dificultades. Para lo que es armónico puede bastar lo espontáneo, lo intuitivo, lo que todo hombre cabal sabe sin aprenderlo; mas para la lucha se necesitan armas iguales, y no las tiene el que carece absolutamente de cultura en un país muy civilizado. La desventaja se gradúa; pero puede ser extrema y tal, que esta desigualdad lleve á otras, sin que haya más medio de evitarlas que evitándola.

El hombre embrutecido en un pueblo culto, recibe escasa remuneración por su trabajo; éste es más rudo, con frecuencia malsano, ó porque lo sea en sí, ó porque no se tomen las precauciones debidas para sanearle. El operario, ó lo ignora, ó se conduce como si lo ignorase, ya por descuido, ya por una especie de fatalismo, muy propio de la ignorancia, ya, en fin, porque otros están prontos á aceptar las condiciones que él no acepte, y la necesidad de vivir le impone la de recibir la ley económica, por dura que sea. Resulta que la inferioridad intelectual origina la física por el mucho trabajo, á veces malsano y poco retribuído, y en consecuencia, alimento escaso ó mala vivienda. Así se ha degradado físicamente la población de muchas comarcas, antes notables por su robustez y belleza, hoy débiles y con gran número de individuos deformes. No puede entrar en nuestro plan hacernos cargo de las causas todas que han producido tan deplorable efecto, que sólo hemos citado en apoyo de nuestra aserción de que una desigualdad grande en un elemento de los que constituyen el hombre influye sobre los otros y puede desnivelarlos.

Para que la igualdad que se defiende en los libros, se proclama en las Constituciones y se promulga en los códigos pueda ser un hecho social, es necesario que no halle desniveles tan grandes y tan generalizados que imposibiliten el equilibrio estable, el cual exige un mínimum de semejanza en el modo de ser de los asociados. Esta semejanza, hay que repetirlo, no basta que sea parcial; no ha de limitarse á uno de los elementos de la humanidad, sino comprenderlos todos, porque donde quiera que haya grandes masas de hombres en la miseria extrema, en la depravación suma ó en la ignorancia absoluta, se pretenderá en vano igualarlos con los que estén en circunstancias opuestas. Hemos dicho ó porque, según se ha visto, una inferioridad produce otras; es fuerza que arrastra ó virus que inficiona, y empresa ilusoria hacer independiente en el organismo social lo que en la naturaleza tiene dependencia mutua.

Así, pues, para que la igualdad se establezca en el derecho y la justicia es necesario que los hombres no se hallen en circunstancias que la hagan imposible por esenciales diferencias en lo físico, lo moral ó lo intelectual, y que paralelamente marchen los progresos económicos, los intelectuales y los morales.

Se preguntará, tal vez, si para establecer la igualdad en el derecho han de ser todos ricos, sabios ó justos. Responderemos recordando que la igualdad no es la identidad, sino aquel grado de semejanza suficiente al fin á que han de concurrir los términos de la comparación. Los términos de la comparación aquí son hombres, y lo que hay que investigar es la semejanza que basta para que en la sociedad se consideren como iguales.

Ya sabemos que los grados de semejanza necesarios para calificar dos cosas de iguales varían según la clase de ellas y objeto á que se las destina: con las personas acontece lo propio. Aplicando este principio á la práctica social, tal vez pueda auxiliamos para evitar errores ó, por lo menos, la confusión que les es muy propicia.

Un hombre cae herido en la calle; el agresor huye: cualquiera que pasa tiene aptitud moral y legal para restañar la sangre que corre de las heridas del primero y detener al segundo; es un acto humano y social, para el que son iguales el rico y el pobre, el sabio y el ignorante, el mayor y el menor de edad, el que está privado de derechos civiles como el que goza de ellos, y á nadie se acusará de haberse extralimitado al apoderarse del criminal y auxiliar á su víctima. Sométese el hecho á la acción de los tribunales, y la igualdad se limita: jurado y juez no puede ser el primero que pasa por la calle; se necesitan condiciones que la ley marca, y sólo los que las tienen son iguales para aquel objeto: lo propio acontece para dar dictamen facultativo y para servir de testigo. El círculo de la igualdad se limita en las funciones sociales á medida que éstas exigen condiciones que unos tienen y de que otros carecen.

Para asistir con fruto á una escuela de instrucción primaria no se necesita conocimientos previos; hay que saber las primeras letras para la segunda enseñanza, y tener ésta para adquirir la superior: la igualdad, que tenía una extensión casi ilimitada en la escuela, va reduciéndose más, á medida que se refiere á cosas más diferentes.

Un testador considera iguales, para testigos de su testamento, á todos los hombres, con pocas excepciones; pero ¡cuán diferentes le parecen para albaceas, y más aún si busca entre ellos al tutor de las tiernas criaturas que su muerte deja en la orfandad!