CAPÍTULO II.
¿QUÉ LÍMITE DEBE TENER LA DESIGUALDAD?
La desigualdad que está en la organización del hombre, es una condición de la sociedad; pero es condición humana querer justificar el abuso de las cosas con la necesidad de su uso, y exagerar hasta la injusticia lo que en su origen es justo. La desigualdad de las condiciones es necesaria, es buena contenida en ciertos límites, pero cuando los pasa es inicua y es absurda.
Cuando existe la esclavitud de la ley ó la de la miseria; cuando con éste ó con el otro nombre hay castas en la sociedad; cuando entre las clases se abren abismos que es imposible salvar, el filósofo que estudia el corazón humano observa cómo se envilece y se deprava, y el que estudia los fenómenos sociales nota la gran perturbación que en la sociedad se introduce.
Ya hemos visto en la primera parte de este escrito cómo se desmoralizan las clases cuando se aislan unas de otras, é inútil es advertir que el aislamiento es tanto mayor cuanto más grande es la desigualdad. A los desórdenes que una desigualdad exagerada, depravando los sentimientos, introduce en el mundo moral, hay que añadir los que llevan al mundo económico el lujo y la miseria.
No puede entrar en el plan de nuestra obra extendernos en consideraciones acerca de los males que en pos de sí llevan la miseria y el lujo, males de que, por otra parte, han hablado largamente célebres autores, tanto sagrados como profanos; pero no podemos menos de detenernos un momento á recordar una verdad que, por más sencilla y trivial que parezca, se desconoce y se niega por personas ilustradas en otras materias, á saber: el lujo de los ricos es siempre perjudicial á los pobres.
El lujo, dicen sus partidarios, es útil, sostiene la industria y el comercio. Suprimid los espejos de Venecia, los encajes de Bruselas, los jarrones de Sèvres, las alfombras rizadas, los dorados techos, los brillantes carruajes, las joyas de labor exquisita; ¿qué va á ser de tantos miles de familias como ganan el pan haciendo esas prodigiosas superfluidades? Ya lo veis: el lujo da de comer á innumerables familias, que sin él quedarían en la calle; el lujo es útil, ¿á qué declamar contra él? No somos declamadores, ni aun queremos dirigirnos al corazón presentando el horrible é inmoral contraste que ofrecen esas primorosas obras que, para contentar los vanidosos caprichos de la opulencia, salen de manos de la miseria; sólo queremos hacer notar que, cuando en medio de una familia hambrienta y desnuda vemos un objeto cuyo principal valor consiste en el ímprobo trabajo de sus individuos, un objeto brillante, preciosísimo, de una perfección fabulosa, cruel contraste con todo lo que le rodea, luz siniestra en un cuadro sombrío, insultador de dolores, provocador de iras, recuerdo constante de placeres y de goces, de que el pobre es desdichado instrumento, si la indignación y la lástima se elevan en nuestra alma, no es un afecto inmotivado; y meditando sobre aquella escena, no decimos como en presencia de otras tristes: «Está en el orden de las cosas», sino: «Está en la insensatez de los hombres».