El lujo es una inevitable consecuencia de la desigualdad de condiciones en un pueblo civilizado, lo sabemos; pero désele la sanción de la necesidad y no la de la consecuencia; dígase: «Es un mal inevitable»; y no: «Es un bien, y como tal debe fomentarse».

Veamos qué nos dice la Economía política de las ventajas que el lujo tiene para los pobres que trabajan en satisfacer sus caprichos. La humanidad es una gran familia; sus individuos se dedican: unos á labrar la tierra, otros á cambiar sus productos, otros á fabricar vestidos, etc., etc. Fijémonos en un grupo cualquiera, por ejemplo, el que está encargado de hacer camisas. Unos hilan y tejen telas ordinarias, otros medianas, otros finas, finísimas otros. Aquí se cosen camisas de munición, allá con más esmero; en otra parte se bordan, adornándolas con caprichos primorosos. Ved un día y otro, y una y otra noche, aquellas pobres mujeres perdiendo la vista y la paciencia, haciendo con la aguja labores como pintadas, sacando hilos que apenas se ven, pegando encajes. Ved aquel hombre que lleva una camisa que supone tres, cuatro, seis meses de trabajo; ved aquellos otros que no tienen camisa. El tiempo que se gasta en hilar y tejer y bordar aquella tela finísima que ha de cubrir á uno, hace falta para preparar la más tosca que debía cubrir á los otros: en la sociedad, como en una familia mal gobernada que no tiene más que lo preciso, cuando malgasta una parte de su haber en superfluidades, carece luego de las cosas necesarias. El valor de un objeto cualquiera no es, por regla general, más que la representación del trabajo que ha costado. ¿Cuántas casas modestas pueden hacerse con el trabajo que necesita un palacio ó con el capital, que es lo mismo? Y como el capital de la sociedad, dividido por el número de individuos que la componen, basta apenas para cubrir sus primeras necesidades, en la balanza de la economía social quitáis á lo necesario todo lo que añadís á lo superfluo. ¿Qué habían de hacer los que viven de las industrias que satisfacen el lujo? Dedicarse á las que tienen por objeto cubrir la necesidad. Mientras se borda una sábana, se pueden coser ciento ó mil, y así de las demás cosas. Es decir, que ese lujo tan ventajoso para la industria, aun prescindiendo de lo que desmoraliza, de lo que insulta, de lo que envanece y de lo que irrita, considerándole sólo bajo el punto de vista de la producción de la riqueza, es un gran perturbador de la economía social, que arranca los brazos á las tareas de la necesidad para dedicarlos á las tareas del capricho.

Habiendo admitido como necesaria la desigualdad de condiciones, y siendo el lujo su consecuencia, ¿por qué declamamos contra él? ¿Pero no se debe buscar ningún correctivo á los males que no pueden cortarse de raíz? En vez de poner diques á su fatal corriente, ¿deberá abrírseles ancho paso para que inunden la sociedad y la trastornen? ¿Es lo mismo que haya un desdichado ó que haya ciento, que corra una lágrima ó que una multitud de criaturas viertan el llanto de la desesperación? Arrojemos con triste silencio en la sima de la necesidad todas las víctimas que pide para llenarse, pero no arrojemos ni una más. ¿Es tan corto el tributo de dolores que la naturaleza de las cosas exige para que vayamos á aumentarle insensatos ó crueles?

La desigualdad de condiciones es justa porque es necesaria; pero allí donde acaba la necesidad acaba el derecho. Así, por ejemplo, es necesario que se respete la propiedad de los bienes legalmente adquiridos. Es necesario que se deje á su dueño la facultad de disponer de ellos en favor de quien le parezca; pero es absurdo que se favorezca la acumulación exagerada de la propiedad con leyes perjudiciales á la sociedad y que no están en la naturaleza de las cosas. Las leyes todas, ¿no deberían tener la tendencia altamente filosófica y moral de restablecer el equilibrio siempre que se rompe inclinándose la balanza del lado de la acumulación de la riqueza? No somos niveladores; nadie que haya seguido nuestro pensamiento podrá acusarnos de tales. Queremos eminencias en el mundo social, pero proporcionadas como las del mundo físico. Queremos montañas que atraigan las aguas del cielo y dirijan su curso sobre la tierra, pero no tan altas que no se pueda respirar en su cima y que nos roben la luz del sol.

Los límites de la desigualdad de condiciones están en la necesidad y en la justicia. ¿La justicia y la necesidad no son una misma cosa? La justicia puede no ser necesaria cuando el mayor número no la cree tal. Además, si el sentimiento de la justicia es eterno como innato en el hombre, su fórmula varía: la justicia de hoy no es la de hace diez y ocho siglos, como la del siglo XXX no será la nuestra. La fórmula de la justicia es el resultado de las ideas, y debe variar á medida que éstas cambian.

La necesidad que constituye el derecho de la sociedad, ¿constituye también el del individuo? Unos lo afirman, lo niegan otros, y los de más allá admiten el principio con esta salvedad: «En tanto que su aplicación sea posible». Y como las palabras necesario y posible son de una elasticidad suma, podremos entrar en discusiones interminables; veamos si por otro medio llegamos á ponernos de acuerdo acerca de los límites que la justicia impone á la desigualdad de condiciones, y hasta qué punto una necesidad puede constituir un derecho.

Casi todos los grandes errores son grandes verdades exageradas ó torcidas, y este origen, que hasta cierto punto los ennoblece en la esfera moral, los hace más peligrosos en la práctica. Un error que lo es por sus cuatro costados, digámoslo así, no es difícil de demostrar; pero cuando está emparentado con la verdad y enlazado con grandes principios de justicia, el problema se complica mucho. Los que afirman y los que niegan se mezclan en la lucha, y más de una vez el golpe dirigido á un contrario cae sobre un amigo. Luego, al ostentar los trofeos conquistados en el combate, se nota que el que se apoderó de la verdad arrastró, confundido con ella, una parte del error, y el que hizo presa en éste lleva unida á él una gran porción de verdad: algo de esto se nota en los que niegan y sostienen el principio de igualdad; sus errores están mezclados con verdades, y de ahí la dificultad de poner en claro los unos y las otras.

Imaginemos tres grandes hombres, por ejemplo: Hernán Cortés, Watt, Leibniz; y tres hombres vulgares: un soldado que sólo sabe manejar sus armas, un obrero ocupado toda su vida en mover una lima, un cajista que sin saber leer coloca maquinalmente las letras en el orden en que las ve colocadas. ¿Estos hombres son iguales? ¡Qué absurdo! ¿Y no habrá alguna circunstancia de la vida en que estos seis hombres sean iguales en alguna cosa y tengan derechos iguales? Veámoslo.

Debemos advertir á los fanáticos de la desigualdad, que vamos á presentar, como base de nuestro razonamiento, un ejemplo sumamente favorable para ellos. Ponemos enfrente la plebe y la aristocracia de la naturaleza, no la de la fortuna, mas, colocamos al genio educado enfrente del sentido común sin educar: no se dirá que esquivamos las dificultades.

Hé aquí nuestros seis hombres encerrados en una habitación, y ocupados según su necesidad los de abajo, según su aptitud los de arriba. De repente la composición del aire cambia en términos que se hace irrespirable; todos dejan sus trabajos, sienten angustias mortales, sucumben si no salen de allí. ¿Qué se infiere de esto? Que el conquistador de Méjico y el oscuro soldado, el gran mecánico y el ignorante obrero, el profundo filósofo y el que sin comprenderlos imprime sus pensamientos, tienen igual necesidad de aire respirable, y por lo tanto igual derecho á él. Esta concesión la haremos sin dificultad; hay aire respirable gratis por todas partes, y, no obstante, debemos ser muy cautos al hacer concesiones, porque la legitimidad de un derecho no está en la facilidad de satisfacerle, sino en su justicia: suponemos que, á pesar de nuestra advertencia, nuestros adversarios, porque probablemente los tendremos, conceden la igualdad de derechos respecto á la atmósfera.