La desigualdad intelectual es también una causa perturbadora del buen orden y moralidad de la familia. No sólo se encomienda por completo á los extraños la instrucción del niño, sino que éste, vista la ignorancia de su madre, propende á desdeñarla, propensión que es una concausa de la falta de respeto que hoy menguan tantos otros motivos. La influencia de la madre, tan necesaria para el niño y para el joven, tiene que resentirse de su inferioridad intelectual, y si por muchas circunstancias no se disminuye, no es raro que sirva para extraviar al hijo que debía dirigir: el sentimiento, el instinto, no ordenados por la razón ilustrada, pueden arrastrar ciegamente ó retraer con cálculos egoístas.

Si la ignorancia es un mal en la madre, lo es también para la esposa, que no será la compañera de su marido siempre que entre ellos haya una gran desigualdad intelectual. Cuando el amor ha dejado ya de dar importancia á todas las fruslerías, ¿qué es el trato entre una persona instruída, seria, y otra ignorante y frívola? No puede tener aquella intimidad constante, resultado de una armonía que no existe, y el hombre busca la compañía de sus amigos, la mujer, de sus amigas, porque es natural complacerse en la sociedad con sus iguales. En fuerza de ver esta separación intelectual de los sexos que la produce tan profunda en las familias, no se repara en ella, ni se notan sus malas consecuencias. No son mejores para la moral que la actividad de espíritu de la mujer no se emplee en cosas racionales y serias, y se vuelva toda á los caprichos de la moda y á los desenfrenos del lujo, con ruina de la fortuna de su marido y no pocas veces de su honor. De la falta de instrucción de la mujer, de la educación que se la da, de su posición social, falta contradictoria, anómala, resultan contrastes absurdos y daños grandes, todo en perjuicio de la moralidad y de las costumbres; y como las costumbres y la moralidad son la piedra angular de todo bien en un pueblo, urge disminuir el desnivel que existe entre los sexos.

Con riesgo de ser pesados hemos de repetirnos, porque nos importa mucho ser claros y no dar lugar á equívocos ni torcidas interpretaciones en algunos puntos esenciales. La igualdad no es en los sexos, ni en nada, la identidad; no queremos entre la mujer y el hombre la igualdad absoluta, sino la suficiente para la armonía que hoy no existe, que no puede existir por desigualdades excesivas. No pretendemos que las mujeres sean militares, sino que no sean rechazadas de aquellas profesiones y oficios para que resulten aptas, y que no se declare su ineptitud sin que esté probada por la experiencia. No queremos lo que se entiende por la mujer emancipada, sino lo que debe entenderse por la mujer independiente; no queremos el amor libre, sino el matrimonio contraído con libertad, y en él, con las diferencias naturales y convenientes, las semejanzas necesarias para que sean la base firme de la virtud y prosperidad de los pueblos.


CAPÍTULO IV.

LA IGUALDAD ANTE LA LEY, ¿ES LA IGUALDAD ANTE LA JUSTICIA?

Hay en nuestra época una deplorable tendencia á convertir la aritmética en ciencia social, á tomar á los hombres como cantidades, y hacer con ellos operaciones de adición y de resta, lo cual no sólo conduce al error, sino que le consagra dándole un aire de verdad matemáticamente demostrada. Los partidarios más acérrimos de la igualdad sancionan á veces las más injustas desigualdades, porque, arrastrados del espíritu de siglo, sustituyen la aritmética á la lógica.

Igualdad ante la ley.—¿Qué significa esta frase? Que no hay ningún privilegiado; es decir, que legalmente no se puede evitar ningún castigo, alcanzar ninguna recompensa, ni obtener ventaja alguna en virtud del nacimiento ni de la posición social. Esta es la teoría.

Notaremos primero que no hay, como algunos dicen, cosas muy buenas en teoría y muy malas en la práctica, porque es un contrasentido sostener como bueno lo que es impracticable, ó lo que practicado hace mal. La ignorancia tiene maligna propensión á rebajar el valor de las fórmulas científicas y hacer á la verdad responsable de las consecuencias del error que se disfrazó con su nombre: así, pues, un mal en la práctica, supone un error en la teoría.