DE LA EQUIVALENCIA.

Hemos indicado ya que la equivalencia ensancha el círculo de la igualdad social, y conviene recordarlo por lo que el hecho influye al presente y por la mayor importancia que tiene cada vez.

Según queda dicho, á la igualdad salvaje sucedieron las desigualdades bárbaras y semibárbaras, que en castas ó clases, fatalmente separadas, marcaban á cada hombre su camino y á cada masa su grado. Roto por el progreso el estrecho molde en que se encerraba la actividad humana, ésta halló nuevos caminos y multiplicó los medios de perfección moral é intelectual y de progreso material. La abnegación no se limitó al heroísmo en los combates, sino que desafió la muerte en la epidemia, en el apostolado, en la investigación de la verdad, y tuvieron mártires la filantropía, la fe y la ciencia. Con los modos de hacer bien y las fatigas y peligros de realizarle, se multiplicaron los generosamente dispuestos á padecer esas fatigas y arrostrar esos peligros, que, variados en forma y modo, se confunden en la elevada unidad del amor al bien y abnegación sublime.

La inteligencia aumentó casi al infinito sus diferentes manifestaciones, cultivándose de distintos modos convergentes todos al centro de la verdad: para buscarla pueden separarse los hombres, mas desde el momento que la hallan se aproximan.

Si hubo infinitos modos de ser santo y de ser sabio, también de allegar bienes de fortuna, y la prosperidad material pudo venir por multitud de caminos que le abrían las artes, el comercio y la industria.

Multiplicáronse los casos en que personas que empleaban su actividad de distinto modo, eran tenidas por igualmente útiles y apreciables; y clasificados como de valer igual, por la equivalencia llegaron á la igualdad.

El número de estos casos es cada día mayor, y así conviene, siendo el único medio de dar á las fibras del organismo social una elasticidad que las impida romperse. Con la igualdad crecen las aspiraciones á igualarse, y si en proporción no aumentan los medios, los sacudimientos son inevitables, ó lo que es todavía peor, habrá odios y desalientos que, sin energía para hacer explosión, son corrosivos y atacan á las fuentes de vida material y moral de los pueblos.

A medida que aumenta el caudal de los conocimientos humanos, se ven las íntimas relaciones que tienen unos con otros, su enlace íntimo y los mutuos servicios que se prestan los que cultivan las ciencias al parecer menos afines. Lo propio acontece con el organismo social, y á medida que se conoce mejor, se comprende la importancia de todos sus órganos, la necesidad de armonizarlos, y el absurdo y la injusticia de excluir de la consideración y del aprecio los que no pueden excluirse de la realidad, porque es esencial para la vida. Desde el momento en que las sociedades se consideran como organismos, los individuos que las componen tienen que ir dejando de ser partes de una masa para convertirse en elementos de una armonía: esta armonía sería imposible si no pudiera contribuir á ella más que la igualdad uniforme, simétrica, rígida, por decirlo así, que exige condiciones idénticas; pero es factible con la equivalencia que aprecia méritos iguales en servicios distintos.

Ciertamente que las preocupaciones se han opuesto y se oponen aún á admitir la equivalencia de ciertos servicios, que el trabajo material no se considera propio de una persona digna; pero á medida que el obrero mecánico necesita ser más inteligente, á medida que el trabajo de la inteligencia y de la mano se confunden, necesariamente ha de variar la consideración que inspira el trabajador. Los oficiales de marina se creerían rebajados siendo maquinistas; pero ya se irá reconociendo el absurdo y el perjuicio de que no lo sean: un capitán de barco mira con desdén al maquinista, que por de pronto tiene más sueldo que él, y no tardará en tener igual consideración, ó en ser uno mismo el que dirige la máquina y manda el barco, cuando se vaya comprendiendo mejor que las manchas que se lavan no envilecen, y que en todo mandar debe ser dirigir.

Pero las preocupaciones dan lugar á hechos y tienen consecuencias que no varían sino con mucha lentitud, y no hay cosa más absurda ni peligrosa en la práctica social que calcular por lo que debiera ser, prescindiendo de lo que es. El hecho, el más injusto, el que nos parezca menos razonable, ha tenido motivo de ser que se consideró como razón, y si no lo era, ó no lo es ya, si la causa se invalida, el efecto no se puede aniquilar instantáneamente. Reconocida la injusticia de las castas, proclamada la igualdad, ¿la ley que la establece podrá suprimir en el mismo día la soberbia de los de arriba, la abyección de los de abajo, los vicios del que manda sin freno y del que obedece sin condición? Cierto que las castas se deben suprimir; pero verdad también que es necesario precaverse contra la ilusión de que ningún hecho social se puede arrancar de raíz sin que deje germen ni consecuencias, y que la demostración lógica ó el mandato de la ley rectifican inmediatamente la voluntad, desvanecen el error, rompen el hábito y modifican el carácter. Las categorías sociales que por no ser legales no son menos positivas, necesitan también tiempo para variar, porque la opinión, su única legisladora, no puede modificarlas sino modificándose, lo cual no se verifica de una manera instantánea. La opinión va admitiendo equivalencias sociales, admite más cada vez; pero no hay que pedirle que inmediatamente las acepte todas, ni desesperar porque rechaza algunas. Hay que darle tiempo para que dilate la esfera de la dignidad, y también para que se hagan dignos los que debe dignificar. Del hecho de privar á una clase de consideración, suele resultar que llega un momento en que no la merece; si este estado se prolonga, deja huella, casi siempre profunda, y aunque no sea indeleble, tampoco fácil de borrar: si necesita un titánico esfuerzo para morir con honra el que ha nacido con nota de infamia, tampoco sin firme resolución y perseverancia se eleva moralmente mucho el que es tenido en poco; de modo que las consecuencias de una injusticia tienen apariencia de justificarla, y positivamente la fortifican para con muchos que miran la humillación de una clase rebajada como argumento á favor de los que la rebajaron.