Para que á la equivalencia de los servicios vaya correspondiendo la de los méritos, y la igualdad se extienda y cimiente en bases sólidas, no ha de calificarse de imposible lo hacedero, ni tener por fácil lo que no lo es; no debe llamarse derecho al hecho, ni tampoco prescindir de él y, cerrando los ojos á sus consecuencias inevitables, gastar en negarlas la fuerza que debe emplearse en procurar que vayan desapareciendo. Para que una clase logre la misma consideración social que otra, no basta que tanto como ella sirva á la sociedad; es necesario que además se haga respetar por sus condiciones morales é intelectuales, sin lo cual jamás conseguirá que haya relación entre lo que sirve y lo que merece. ¿Por qué ciertas obras se califican de viles? Por el envilecimiento del obrero: haced á éste respetable, y la obra quedará ennoblecida.

Se clama contra la explotación de la debilidad por la fuerza; pero sería bien no rebelarse contra la naturaleza humana, comprender lo que es inevitable en ella, y ver que el problema no consiste en que los fuertes no abusen de los débiles, sino en que no haya débiles ó en que haya pocos. En una obra cualquiera, escalónense los que han de llevarla á cabo, desde el rico capitalista hasta el miserable bracero; dése al que es explotado por los de arriba la facultad de explotar al que está debajo, y se verá cómo aquella masa se convierte en explotadores y explotados de varias categorías, hasta que llega una que no tiene debajo á nadie, ni halla compensación á la dura ley que recibe, con la que impone. Esto sucede en todas partes y siempre; y si se analizan los elementos del fenómeno, si se pregunta por qué no hay relación exacta entre los servicios y las remuneraciones, ni posibilidad de establecer equivalencias sociales más equitativas, se verá que la inferioridad moral ó intelectual, ó las dos reunidas en el obrero explotado, son la causa de que se tase tan bajo la obra, y que no puede aumentar el número de equivalencias sociales sino en la medida que aumentan las analogías y semejanzas entre los que han de figurar á la misma altura.

Cualquiera dirección que tomen los amigos de la igualdad, siempre hallarán en su camino condiciones morales é intelectuales; y aunque comprendan y hagan valer todo el alcance de la equivalencia, verán que tampoco puede prescindir de lo que el hombre debe y conoce, y que ni los decretos, ni las leyes, ni los motines, ni las rebeliones lograrán que se tengan por equivalentes los servicios que prestan personas muy desiguales.


CAPÍTULO VI.

QUE LOS HOMBRES NO HAN MENESTER OCUPAR EN LA SOCIEDAD POSICIONES IGUALES PARA SER IGUALMENTE DICHOSOS.

Suelen encomiarse las ventajas de la pobreza por los que no han sido pobres, de la medianía por los que aspiraban á salir de ella, y de la moderación y templanza por los que tal vez tienen una ambición sin límites. Diríase que hay circunstancias en que no se predica la resignación sino para ponerla á prueba, ni la virtud sino para explotarla. Mas aunque esto acontezca alguna vez ó muchas, no deja de ser cierto que la dicha no está sujeta como esclava á los caprichos de la fortuna.

Parécenos que deben huirse dos extremos: ni tomar como historia el cuento de que para hallar un hombre feliz fué necesario buscarle entre los que no tenían camisa, ni creer que se necesitan ricas galas para ser dichoso y que lo es todo el que las tiene.

La miseria es desdichada, hay que reconocerlo, siquiera no sea más que para no insultarla con plácemes hipócritas ó ignorantes.