El que tiene hambre ó frío, el que carece de albergue racional, de cama, del preciso descanso después de un trabajo rudo, aunque se ría, aunque esté alegre alguna vez, es desdichado; se le observa en un momento de expansión, y se le envidia; en una hora de insensatez, y se le desprecia; pero tomando su vida entera, tal como es, sustituyendo á la apariencia la realidad, á nadie que razone y sienta bien deja de inspirar lástima.

Ninguna persona de entendimiento y de corazón puede prescindir de la miseria, ya la sienta como una desdicha compadecida, ya la contemple como un espectro amenazador; mas por terrible que parezca ó simpática que sea, no debe considerarse cual regla, sino cual excepción, que será más rara á medida que los hombres sean más racionales y mejores. Cuando la miseria toma grandes proporciones; cuando se extiende á masas y persiste en afligirlas; cuando, en vez de ser una desgracia individual y pasajera, es un fenómeno social permanente, puede asegurarse que la sociedad está mal organizada, que los hombres no comprenden su conveniencia y su deber ó le pisan, que á sus relaciones no preside la justicia. Así acontece muchas veces, porque los pueblos emplean sus esfuerzos y sus tesoros no en disminuir su miseria moral y material, sino en aumentarla; de modo que, siendo tan grande, parece como inevitable. Pero no es la magnitud de un mal, sino su índole, la que hay que tener en cuenta para declararle sin remedio; y como al estudiar la miseria permanente y en grandes proporciones se ve que es consecuencia de errores é injusticias á que puede y debe oponerse la justicia y la verdad, y como la verdad y justicia solamente son eternas, necesarias y propias para servir de regla, todo lo que á ellas es contrario debe considerarse como contingente y combatirse como dañoso y perecedero.

El hecho de la miseria, que en algunos países es una excepción, debe serlo en todos, y al estudiar esta dolorosa desigualdad, debemos considerarla, no como una parte del organismo social, sino como una dolencia que sólo por culpa del hombre tiene carácter contagioso y se hace crónica.

La miseria, la falta de lo necesario fisiológico, lo repetimos, es una positiva y gran desgracia, y el que la padece no puede hallar equivalencias, ni compensaciones que le igualen para la felicidad, con el que posee lo indispensable: esta es la regla, que no invalidan ciertas excepciones. Porque haya un miserable alegre y un opulento que se desespere y se suicide; porque ciertas individuales condiciones se sobrepongan á todas las circunstancias exteriores, no hay que negar á éstas la influencia que por lo común tienen.

Pero desde el momento en que el hombre no puede con razón llamarse miserable; desde que tiene trabajando lo necesario para vivir; desde que no es más que pobre, puede ser dichoso, tan dichoso, más acaso que los que le aventajan en bienes de fortuna. No faltan pruebas de esta verdad; pero suele faltar quien las aprecie en su verdadero valor, quien prescinda de apariencias, quien se despoje de vanidades y envidias que tienen la pretensión de definir la felicidad que dificultan. Es deplorable, porque el conocimiento de la felicidad verdadera contribuiría á lograrla, como aleja de ella el desconocer los esenciales elementos de que se compone. Hay aspiraciones que sólo tienen un limitado número de individuos, pero á ser feliz todo el mundo aspira: el sabio y el ignorante, el noble y el plebeyo, el vano y el humilde, el rico y el pobre, el bueno y hasta el malvado. Ya se comprende la importancia de que todos estudien lo que á todos interesa, lo que todos buscan, lo que todos se afanan por encontrar y lo que muy pocos conocen. ¿Por qué quieren los hombres ser iguales á los que están más arriba en riqueza, en poder, en consideración? Por ser igualmente dichosos: éste es el fin; lo demás son medios, no siempre legítimos ni adecuados, para conseguirle, muchas veces propios para alejarlos de él. Multitudes de hombres que van con infinita fatiga haciéndose daño á sí propios y á los demás, no son muchas veces sino criaturas que buscan la felicidad donde no está ó por caminos que no conducen á ella.

Hay una propensión muy marcada á tomar por base de la felicidad la que sirve de regla para establecer la contribución: la renta. ¿Un hombre tiene doce mil duros? Es dichoso. ¿Doce mil reales? La vida es para él llevadera. ¿Dos mil? Es desgraciado. Esta opinión no se funda en ningún razonamiento; pero es frecuente que las opiniones más resueltas sean las menos razonadas. El error de que la dicha está en razón directa de la riqueza, es de los más perturbadores y dañinos; da la sed de goces materiales, la fiebre del oro y la idea de buscar un fin por medios que le hacen imposible.

Los bienes espirituales se multiplican á medida que son más los que de ellos disfrutan; la ciencia aumenta con el número de los que la poseen, y la virtud con los virtuosos. La verdad, la justicia y la belleza abundan á medida que es mayor la multitud de los que de ellas gozan; pero con los bienes materiales no sucede lo mismo, tienen una limitación propia de su naturaleza inferior y terrenal. Ved aquel público numeroso que escucha la defensa del inocente ó la acusación del culpable, los acentos sublimes de la música ó la voz augusta de la verdad. Hay allí personas de todas clases; unas van en coche, otras á pie y mal calzadas, quién sale de un palacio levantándose hastiado de la opípara mesa, quién deja su tugurio y hace un sacrificio de tiempo ó de dinero, de las dos cosas tal vez, para formar parte de la concurrencia. ¡Cuánta desigualdad material en aquellos hombres! Pero el abogado habla, el músico hace oir las armonías de su instrumento, el pensador revela los misterios de la ciencia, y las desigualdades de la fortuna desaparecen, y cada uno goza del arte, siente la justicia y aprende la verdad según las facultades de su corazón y de su inteligencia, desapareciendo las diferencias de la posición social y estableciéndose otras que nada tienen que ver con ella. Siempre que el hombre se eleva de las cosas materiales á las del espíritu, brinda á los demás hombres con la participación igual y completa de los bienes que posee; siempre que se rebaja á no preciar más goces que los materiales, tiende á excluir de ellos á los otros y á establecer desigualdades. El coche del que le tiene es suyo, y porque es suyo no puede ser de otro; la belleza de un cuadro es de los que le contemplan, de todos á la vez, sin que la parte que toma cada uno merme la de los demás, y antes por el contrario aumentándola.

No hay que insistir en verdades tan sencillas y claras; pero conviene sacar algunas de sus principales consecuencias más íntimamente relacionadas con el asunto que nos ocupa. La igualdad en la dicha la quieren todos los hombres; el hacer consistir la dicha en los bienes materiales es una propensión muy generalizada; los bienes materiales, cuya posesión excluye á otro posesor, tienen una tendencia exclusiva y antiniveladora; de manera que al absurdo de suponer que la felicidad guarda proporción con la riqueza, se une el de imaginar que ésta puede ser el patrimonio de todo el mundo.

Para que los hombres sean igualmente dichosos es necesario establecer entre ellos niveles de inteligencia, de bondad, de virtud, no de renta, ó de producto del trabajo, que siendo suficiente para cubrir las verdaderas necesidades, lo es también para procurar la verdadera dicha.

¿Quién ha formado la estadística de los dolores y de los goces humanos? ¿Quién puede formarla? Este hombre está desnudo, descalzo, hambriento; es un mal evidente para la multitud que al pasar le compadece; aquel otro tiene amor, odio, ambición, envidia, remordimientos, sed de venganza, de poder, de fama ó de oro: su alma se agita en terrible lucha, su corazón destila hiel y rebosa amargura; son males que la muchedumbre no percibe, y si va á pie no repara en él, y si va en coche le envidia. Los inconvenientes de la pobreza son ostensibles; pero se repara poco en los infinitos medios que emplea la criminal codicia para dañar al rico: disfrazada de amor, engaña á sus hijos y se los arranca; adula sus pasiones, y le extravía sus debilidades y le pone en ridículo; acecha sus extravagancias, y le hace declarar loco; acibara sus últimos momentos para arrancar un legado, y ríe sobre su tumba, si acaso no la abre prematuramente. Mas los peligros exteriores de la riqueza son los menos terribles; la gran dificultad para que sea dichoso el que posée superabundantemente medios de fortuna consiste en que necesita proporción entre ellos y los morales, y que á la superioridad económica corresponda la superioridad moral.