El problema de la vida del pobre es relativamente sencillo: sus deberes son, por regla general, negativos; sus extravíos están en gran parte limitados por la necesidad de un trabajo constante y la falta de medios pecuniarios. De la posición humilde viene la templanza en los deseos, esa clave de la felicidad que el pobre recibe casi gratis, que el rico logra tan difícilmente. El que no está sujeto por las necesidades materiales y verdaderas de la existencia, tiene que imponer silencio á las ficticias del egoísmo y que encadenar el desenfreno de todas las pasiones. Si se entiende por pasión lo que á nuestro parecer debe entenderse, todo deseo vehemente contra razón ó justicia que persiste y mortifica, se comprenderá cuán grande puede llegar á ser la esfera de las pasiones y cómo se dilata á medida que el hombre se eleva en la escala social. Hay pasiones detonantes, por decirlo así, que todo el mundo conoce, porque hacen ruido al hacer explosión; pero hay otras, las más, que pasan desapercibidas, clavando en silencio su aguijón ó destilando su virus corrosivo. La pasión, que es sinónimo de sufrimiento, tiene muchos caminos para llegar al rico y muy pocos para llegar al pobre, que por lo común cifra su ventura en tener cubiertas sus necesidades materiales; el poder satisfacerlas, ni aun le ocurre al rico que sea un bien, y teniéndole se cree y es desgraciado, y sufre y se desespera.
Otro grande enemigo de la felicidad del rico es el amor propio, monstruo voraz nunca satisfecho que pide más cuanto más le damos. Él amuebla la casa, atavía á la persona, dispone la comida, señala el número de servidores y determina la clase de trabajo, el modo de viajar, de divertirse, y, en fin, lo dispone todo. El gusto, la conveniencia, la razón, muchas veces el sosiego, la vida y hasta la honra, se sacrifican á sus exigencias sin límites. Como líquido incoloro, toma el color del vaso que le contiene, y con flexibilidad infinita se acomoda á todas las formas del cuerpo que enlaza; se adapta á las puerilidades de la vanidad y á las soberbias del orgullo; codicia un dije, un traje, un mueble, el poder, la fama, y según con quien habla, va diciendo:—Viste con elegancia, ten casa lujosa, anda en coche, sé literato notable, poeta aplaudido, músico ó pintor laureado, hombre de ciencia insigne, general, banquero, diputado, senador, ministro ó secretario de ayuntamiento.
¡Qué vértigos de cólera, ó qué angustias de pena, cuando otro alcanza el puesto que se ambicionaba, ó recibe los aplausos que se clavan como espinas en el corazón del que los quería para sí! ¡Qué facilidad para crear aspiraciones, qué dificultad para satisfacerlas! ¡Qué desdicha sacar las condiciones de bienestar fuera de sí mismo y cifrarle en lo que piensan ó sienten ó dicen los otros!
El amor propio necesita espectadores; los busca como instrumentos de satisfacción y los halla convertidos en tiranos, cuyos mandatos obedece en cambio de un aplauso que mendiga y no siempre logra. Esa dependencia de los demás; esa verdadera esclavitud de los que prefieren inspirar envidia á merecer respeto; ese someterse incondicionalmente al qué dirán de los que tal vez no saben lo que dicen; ese espíritu que vive de prestado y en la mayor de las miserias, puesto que no tiene satisfacción legítima que pueda llamar suya, todo es consecuencia del amor propio excitado y fuera de sus razonables límites. Se dirá que no los traspasa en todos los ricos, ni deja de extralimitarse en algunos pobres; no negaremos que suceda así; pero es igualmente cierto que, por regla general, donde la vanidad impera, donde el amor propio tortura, donde las pasiones hacen verdaderos estragos, es en los ricos, no en los pobres. Estos, sin saberla, siguen la sabia máxima de
Iguala con la vida el pensamiento,
y no van de continuo con sus aspiraciones donde sus medios no pueden llegar, ni dan cuerpo, convirtiéndolos en desgracias, á los devaneos de la imaginación.
La fortuna, como una madre inconsiderada, suele hacer infelices á los hijos que mima. Halagados por ella, son tan débiles, tan susceptibles, tan impresionables, que la menor contrariedad los irrita, el más pequeño contratiempo los desespera; ellos son los que se crean esas situaciones envidiadas que les parecen insoportables; ellos los que, teniendo tantos caminos que elegir, no van por ninguno y llaman abismo á una depresión cualquiera. El hombre necesita luchar, es de ley que luche; y combate por combate, no siempre es el más rudo el que tiene que sostener el pobre, sujeto constantemente á pruebas que no sufre el rico, que en cambio pasa por otras que aquél ignora.
La estadística de la felicidad no puede hacerse, sea que no exista sino por excepción rara, sea que se oculte ó que se halle donde no la buscan los que pretenden estudiarla; pero el contento es más general y más visible, y ciertamente no se observa que esté en proporción de la renta. Donde quiera que se reunen muchas personas de varias clases, en viajes, paseos, diversiones públicas, no se ve que la alegría se mida por el precio de las localidades, y antes puede afirmarse que los que se divierten más son los que pagan menos. Las personas que parecen hastiadas, que vuelven en el teatro la espalda al escenario y se aburren viajando en coches de primera ó en salones, no son los menos favorecidos de la fortuna.
Se dirá, y es cierto, que la alegría no es la felicidad; pero si el estudio de ésta presenta dificultades insuperables, ofrece menos el comparativo de la desgracia, sobre todo si la observamos donde aparece en relieve, en la desesperación suprema que conduce á la muerte voluntaria. Que un suicida supone muchos desesperados y un desesperado muchos infelices; que siendo la clase pobre más numerosa da el menor número de suicidas, cosas son ciertas, sabidas, y lógica es la consecuencia de que no debe ser más general la felicidad entre aquellos en que es más frecuente la desesperación.
Cada edad, cada estado, cada situación, cada clase tiene sus ventajas y sus inconvenientes, sus disgustos y sus satisfacciones, sus penas y sus consuelos; nada más perjudicial ni menos conforme á la verdad que cortar por un mismo patrón la dicha de criaturas diferentes, y pretender que no pueden llegar á ella sino por un camino y pagando á la entrada una cantidad fija y crecida.