El joven con las ideas y sentimientos de su edad no comprende que el viejo deje de ser desgraciado; pasan los años y es feliz de un modo que le parecía imposible. El guerrero no puede imaginar la dicha de la mujer piadosa que cura las heridas que él hace, y cuya vida es más envidiable que la suya; los que distan mucho en ocupaciones, medios é ideas, no comprenden que pueda haber ventura tan diferente de la que ellos tienen ó desean. Pero no dejándose dominar por las propias impresiones ni extraviar por apariencias, y observando las diferentes clases sociales en sus dolores y en sus alegrías, se ve que son igualmente dichosos los que ocupan posiciones más desiguales y que hay compensaciones providenciales que los hombres desconocen con frecuencia por su culpa y para su desdicha. La Providencia, que ha dado á cada sér una organización apropiada al medio en que ha de vivir, al colocar al hombre en una sociedad en que hay necesariamente desigualdades, no sujetó á ellas nada verdaderamente importante, nada esencial. En la virtud y en la dicha, en la salud del cuerpo y en la del alma entran elementos que no dependen de la fortuna, cuyos caprichos no afectan más que á las superficies de la existencia y á los hombres superficiales. El dolor y la dicha tienen misterios que ningún hombre, ninguno, puede penetrar; desigualdades terriblemente enigmáticas, pero no proporcionales á las de la posición social, ni dependientes de ella.

Bien sería que nos convenciéramos de que hay inconvenientes y ventajas propias de cada situación, compensaciones que existen, aunque no sean ostensibles, diferencias exteriores que no alteran la igualdad íntima, y que el que nace príncipe no tiene más probabilidades de ser dichoso que el que nació pastor. El convencimiento de esta verdad calmaría la fiebre de poder y de riqueza que hace delirar á generaciones extraviadas; aniquilaría un poderoso instigador de iras populares; pondría de manifiesto que, salvo algunas criaturas excepcionales, que son el secreto de Dios, salvo los casos de miseria, obra impía del hombre, la posible felicidad sobre la tierra, como el sol, brilla para todos.


CAPÍTULO VII.

LA PROPIEDAD Y LA IGUALDAD[3].

En toda discusión, para que sea posible, hay algún punto esencial en que convienen los que discuten, y damos por supuesto, al escribir este capítulo, que el lector piensa, como nosotros, que no puede haber sociedad sin propiedad constituída en tal ó cual forma, condicionada de ésta ó de la otra manera, pero propiedad en fin.

Si el hombre es propietario, como es sociable, por ley de su naturaleza, tal vez no sea inútil investigar, aunque fuese brevemente, de qué manera influye la propiedad en la igualdad, puesto que esta influencia ni puede ser nula ni es evitable.

Porque los niveladores sociales atacan la propiedad con más ó menos violencia, con más ó menos lógica, pero la atacan siempre. ¿Están todos ciegos, furiosos ó de mala fe? ¿Cómo á muchos siglos de distancia, y con grandes diferencias en el clima, la religión, la cultura, el estado social, se repiten los mismos ataques, á veces en idéntica forma y en ocasiones con las mismas palabras? La permanencia del efecto revela la de la causa, y su poder, cuando persiste en medio de tantas cosas como desaparecen, y sobrenada en las tempestades de guerras, trastornos y revoluciones.

Han acusado, acusan y acusarán á la propiedad de establecer grandes diferencias entre los hombres, y aunque el cargo pueda ser exagerado ó injusto, según las circunstancias, el hecho es cierto: entre la propiedad, tal como está constituída siempre que por los niveladores es atacada, y la igualdad, hay antagonismo que no se debe disimular, sino analizar. Recordemos que la igualdad no puede tener derecho contra el derecho; recordemos que no le es dado cambiar las leyes de la Naturaleza y de las sociedades humanas; recordemos, por último, que el fin primero del hombre no es ser igual á otro, sino ser justo, perfeccionarse: teniendo presentes estas premisas, y sacando de ellas sus lógicas consecuencias, llegaremos á conclusiones que, tristes ó consoladoras, si son ciertas, hay que aceptarlas y someternos á la verdad, que á nadie se somete.