Tratando de su influencia sobre la igualdad, conviene distinguir la propiedad colectiva de la individual. La propiedad colectiva (que, entiéndase bien, no es el comunismo), igualando á los propietarios, iguala, hasta cierto punto, á los hombres que forman el grupo poseedor en común. Decimos hasta cierto punto porque aun en los pueblos en que la propiedad era colectiva ha existido siempre más ó menos propiedad individual, influída por las diferencias de los individuos, y á su vez influyente en su desigualdad social. Aunque la tierra no fuese de nadie, los frutos repartidos para ser utilizados tenían que ser apropiados; aunque los bosques pertenecieran á todos, la caza era del que la mataba, y del que le pescaba el pescado, por más que los ríos y los mares no constituyen propiedad de ninguno. La colectiva evita sin duda la grande acumulación de fortunas, pero no las nivela tan completamente como se ha supuesto por algunos. El individuo, aun en los pueblos primitivos, ha sido dueño exclusivo de alguna cosa, ha tenido ventajas físicas, intelectuales y cualidades morales que le han hecho más rico que otro con menos recursos y moralidad: esto respecto á los copropietarios de un grupo en que la tierra se posee en común, que entre los grupos unos respecto de otros había mayores diferencias. La prioridad en apropiarse un terreno más fértil; bosques más abundantes de caza, ó ríos de pesca; la victoria en los combates; más servicios hechos al jefe del pequeño ó grande Estado, ó su mayor largueza; ventajas físicas, intelectuales ó morales, alguna ó varias de estas circunstancias combinadas hacían que las colectividades propietarias fuesen unas ricas y otras pobres. Aun en nuestros días vemos pueblos con propios de gran valor, otros que nada poseen, y al lado del concejo en cuyos montes se pudre la leña, el que no tiene qué quemar.

La propiedad, aun la colectiva, no es niveladora, sino que, por el contrario, propende á establecer la desigualdad entre los propietarios; y si todas las mañanas se hiciera un reparto que los igualara, todas las noches los habría más ricos y más pobres.

La propiedad colectiva ni se presenta de una manera invariablemente uniforme, ni deja de comprender sus desventajas, ni pasa á ser individual sin términos medios y variaciones. Ya todo es común, cultivo y aprovechamiento; ya se señala á cada individuo el trabajo de cierta porción de tierra; ya se distribuye ésta por cierto tiempo y por lotes que vuelven al fondo común para ser adjudicados de nuevo alternativamente á sus temporales poseedores. Más adelante, las tierras, una gran parte al menos, pasan á ser propiedad de las familias, pero han de permanecer en ellas; no han de poder enajenarlas, ni donarlas, ni legarlas, y cuando esto se consiente es con ciertas condiciones. El legislador se precave contra la desigualdad, que ve, que palpa, que teme; pone límites á la extensión de las posesiones; permite que, incultas, se las apropie el que las cultive; dispone que, periódicamente, se restablezca la igualdad, restableciendo la primitiva distribución que se había hecho por partes iguales, y según tiempos y lugares, toma diferentes medidas encaminadas á evitar la acumulación de la riqueza. La lucha es larga, entre la igualdad, que pretende poner trabas á la propiedad, y ésta, que intenta romperlas todas; entre el espíritu de la propiedad colectiva y el de la individual; entre el Estado, que pasa fácilmente de la tutela á la opresión, y el individuo, que tiende á convertir la libertad en licencia. ¿Esta lucha ha terminado? Algunos pretenden que sí, y que logra completa victoria la propiedad individual, única compatible con los derechos del individuo y los progresos de la civilización, aunque poco favorable á la igualdad.

Aunque el individuo haya poseído siempre alguna cosa exclusivamente suya, y aunque las colectividades fuesen unas más ricas que otras, lo cierto es que la propiedad territorial en común, ó la posesión transitoria, eran favorables á la nivelación de las fortunas. Pero, ya lo hemos dicho, por querida que sea para los hombres la igualdad, no puede ser el único objeto de su existencia, ni pueden ellos sacrificarle todos los otros. A ser iguales en la miseria, prefieren salir de ella algunos, ó muchos; y como para esto hay que desplegar una grande energía personal, el fruto de ella tiende irremisiblemente á convertirse en propiedad individual. Así como la caza fué siempre del cazador, y del pescador la pesca, donde quiera que el hombre llevó mucha destreza, mucha inteligencia, mucha fatiga ó peligro para realizar una obra, quiso tener en ella una parte suya proporcional al trabajo que había empleado. En un pueblo primitivo, esta parte constituye riqueza que se consume, no que se acumula, y la desigualdad pasajera no era grande; pero, como hemos visto más arriba, á medida que un pueblo se civiliza, pueden manifestarse y utilizarse las diferentes aptitudes, y los que física, intelectual ó moralmente valen más, allegan recursos, realizan economías, son más ricos. Aunque la tierra continuase propiedad común, ó igualmente repartida é inmovilizada, diferentes industrias ofrecían cada vez más vasto campo á la energía inteligente del individuo y eran origen de propiedad individual. La agricultura ¿podía permanecer mucho tiempo petrificada en medio de elementos de vida más poderosos cada vez? Los brazos vigorosos ni las inteligencias activas ¿irían á cultivar la tierra común que perezosamente removían los débiles, los holgazanes ó los incapaces, para compartir por igual con ellos el fruto de tan diferente trabajo? ¿No quedaría el cultivo de la tierra encomendado á las manos más torpes y endebles y á las inteligencias más obtusas, incapaces de fecundarla? A priori se comprende, la experiencia lo demuestra, y la historia presenta la propiedad colectiva en los pueblos primitivos, haciéndose individual á medida que se civilizan. De que el hecho es constante no cabe duda, y que es inevitable también parece claro.

Tenemos pues:

Que el hombre es sociable;

Que no hay sociedad sin propiedad;

Que la propiedad colectiva en un principio, se hace individual cuando adelanta la civilización;

Que la propiedad individual no es favorable á la igualdad.

¿Significa esto que por una pendiente inevitable, fatal, á medida que un pueblo se civiliza aumenta en él la desigualdad de las fortunas, de manera que los ricos son más opulentos y los pobres más miserables? Debemos confesar que á eso tienden muchos elementos de la civilización; pero hay otros que combaten esta tendencia, y el problema consiste, no en negar aquella parte de mal que entre sus bienes produce el progreso, sino en reconocerla; en ver hasta qué punto es inevitable, y hasta dónde puede evitarse y por qué medios.