Así como al empezar este capítulo dábamos por supuesto que el lector consideraría la propiedad como necesaria, para continuarle suponemos que reconoce el grave daño de la gran acumulación de riquezas al lado de la miseria suma.
La propiedad no puede volver á ser colectiva, ni inmovilizarse, ni mutilarse, ni tener límites en cuanto á su extensión: su libertad ha de ser respetada como la del propietario, pero cuidando de que no se convierta en licencia, porque comprenderla como el derecho de usar y de abusar de la cosa poseída, más es comprometerla que consolidarla: no ha de ser ni una víctima ni un ídolo; que no se salte ningún cercado, pero que en todos haya una puerta por donde entren la ley y la justicia.
La propiedad influyente é influída, emancipando unas veces al propietario y otras participando de su servidumbre, tiene con la igualdad relaciones tan estrechas, que como ella, establece entre los hombres primitivos pocas diferencias, que van creciendo con la civilización, hasta que llegan á un punto en que la riqueza se acumula, tiene movimientos vertiginosos ó inmovilidad pétrea, cae en manos rapaces ó muertas, y entonces viene el malestar, las convulsiones, y si el estado de la propiedad no cambia, los pueblos van á la decadencia ó á la ruina.
Todos los países en que se proclama el progreso, y que progresan verdaderamente, han modificado la propiedad en sentido favorable á la igualdad; pero sería un error suponer que la obra está concluída y la lucha terminada.
Los igualitarios individualistas sostienen que la libertad basta para establecer la armonía entre los propietarios, y que la propiedad individual más absoluta es la única posible y el mejor auxiliar de la igualdad: los niveladores conservan una hostilidad especial contra la propiedad inmueble, y pretenden volver á la propiedad colectiva; y todos suelen prescindir bastante del elemento moral como si la riqueza se distribuyera como giran los astros, en virtud de leyes físicas.
Si el hombre fuera perfecto, sería justo nada más que con ser libre; pero su imperfección hace indispensable coartar su libertad en sus relaciones con los otros, lo mismo como propietario que en cualquier otro concepto. La libertad es un medio, no un objeto; es parte integrante del sér racional, no todo; es un medio de llegar á la armonía, no la armonía misma; es un elemento que no ha de sacrificarse á otro, pero que no puede exigir que se le inmole ninguno. Proclamad al propietario libre de hacer cuanto quiera de su propiedad, y la sustraerá al pago de los tributos; opondrá con ella un insuperable obstáculo á las obras públicas; sacrificará á los operarios con que la beneficia, por la falta de higiene ó mezquindad de retribución; depositará materias inflamables, sin precaución alguna, en el centro de las ciudades; llevará el desenfreno del monopolio adonde no pueda seguirle la concurrencia; alquilará casas inhabitables, coches donde peligra la vida de los viajeros; venderá vino envenenado, trigo averiado, pescado podrido, etc., etc. Todo esto y mucho más hará la propiedad si se la deja hacer lo que quiere, y tanto como otra cosa, y más que muchas, necesita estar sujeta á reglas: que sean justas es lo que debe procurarse, porque pretender que no las necesita es desconocer la naturaleza del propietario, es decir, del hombre.
Estas reglas no pueden ser fijas; lo que era imposible ayer, es hacedero hoy y será insuficiente mañana: la cuestión es siempre comprender bien la justicia y aplicarla á la propiedad como á las demás cosas. Si no hay derecho á pasar un nivel sobre los propietarios, despojando á los de arriba por favorecer á los de abajo, tampoco á repartir los tributos de modo que pesen más sobre los que poseen menos, ni á favorecer la acumulación con loterías, rifas y herencias que ni estrechan los lazos de familia, antes á veces los aflojan, ni son ley de la Naturaleza ni voluntad del testador. Sin salirse de las vías de la justicia pueden tomarse muchas medidas para disminuir el poder absorbente de la riqueza, que tiende á crecer, como la miseria, en rápida progresión: fijándose bien en los males que consigo lleva la excesiva desigualdad de fortunas, justo debe parecer disminuirla por medios equitativos que no chocasen con los respetables sentimientos de familia ni lastimaran los legítimos intereses.
Si es un anacronismo irrealizable convertir, en nombre de la igualdad, al Estado en posesor único; si los que tal pretenden son verdaderos retrógrados, tampoco podemos considerar como progreso el privar al campesino del prado y del monte común, de modo que no pueda tener ya vaca, oveja ni cerdo, y robe leña para cocer los alimentos y no morirse de frío. ¿Qué medidas se toman contra los ataques á la propiedad hechos en virtud de necesidades imperiosas y ocasiones continuas? ¿Dejarlos impunes? Está mal. ¿Penarlos? No está bien; y en este caso, y en otros muchos, resulta acrecentamiento de miseria y conflictos para la conciencia y el orden, de lo que para muchos es el ideal en materia de propiedad, á saber: que toda sea individual, sin que parte alguna quede en común. No vayamos á buscar á los bosques de los celtas, los eslavos y los germanos oráculos para la constitución de la propiedad; pero no creamos tampoco que el Derecho romano es la Buena nueva, y que basta anunciarla para regenerar económicamente á las naciones: el progreso no es predominio exclusivo de un elemento cualquiera; tomemos de cada civilización lo que tiene de humano, de general, de permanente, que es lo único justo, y arrostremos la desdeñosa calificación de eclécticos más bien que merecer la de exclusivos ó insensatos.
Si los que combaten las exageraciones de la propiedad individual no exageraran á su vez, se habría adelantado más para la solución del problema, porque suponerle resuelto nos parece ilusión peligrosa.