PARTE TERCERA.
De la igualdad considerada políticamente y en sus relaciones con la libertad.
CAPÍTULO PRIMERO.
DE LA IGUALDAD SOCIAL Y DE LA IGUALDAD POLÍTICA.
Hemos visto cómo el máximum de la igualdad existe en los pueblos salvajes; cómo á medida que los hombres se civilizan se van diferenciando más y más, y cómo llega un momento en que la desigualdad excede los justos límites, y si no se reacciona contra ella viene indefectiblemente la decadencia ó la ruina. En los pueblos civilizados y cristianos se verificó esta reacción[4]; las trabas, los privilegios, han desaparecido ó van desapareciendo; las clases no se inmovilizan ni se cierran; por la escala social pueden subir todos los que pongan en ella pie firme y mano robusta, y al que está arriba no se le arroja porque venga de muy abajo, ni aun se le pregunta de dónde salió. Al ver á tantos como se han elevado por su actividad, por su inteligencia, por su valor ó por su fortuna; cómo van desapareciendo de las leyes y de las costumbres barreras insuperables; cómo tiene coche el que anduvo con los pies descalzos, y es diputado, ministro, duque, el hijo de un artesano, los amigos de la igualdad tal vez la saluden alegres suponiendo que su reino llega y que impera sin excepción y sin obstáculo.
La conclusión carecería de exactitud; se marcha hacia la igualdad, es cierto; pero, lejos de haber llegado á ella, estamos en un momento histórico en que las diferencias han llegado á un límite que no alcanzaron nunca, y de poco sirve que por escrito se nieguen ó se borren de los códigos si están en los hechos y viven en las entrañas de la sociedad. ¿Cuándo tuvo el magnate refinamientos de lujo, comodidades sibaríticas que contrastasen con la miseria tanto como hoy? ¿Cuando la virtud triunfó de tantos halagos y tentaciones, ni la maldad empleó medios tan eficaces y horrendos para hacer daño? ¿Cuándo la dignidad y la belleza brilló como entre esas masas abyectas y deformes que la concurrencia, la división de trabajo, el alcohol y la prostitución desfigura y degrada? ¿Cuándo estuvieron tan lejos las eminencias del saber y los que nada saben? Nunca: hay que verlo claro y decirlo resueltamente: el mal, si no es irremediable, es positivo, grave, y no pequeño el error y el peligro de predicar la igualdad política y tratar de realizarla prescindiendo de diferencias tan radicales. Vivimos en una sociedad que lleva en su seno desigualdades de tal magnitud y extensión, que no pueden armonizarse con doctrinas, escuelas, partidos y leyes que establecen la igualdad, y han de resultar decepciones, choques y conflictos continuos de la contradicción entre las ideas, los códigos y los hechos.
Es cierto que hoy (en muchos países, al menos) ningún privilegio vincula la riqueza en una clase; ninguna ley escrita se opone á que todos lleguen al poder y á la fortuna; pero ¿no hay mucho de ilusorio y de mentido en estas facilidades? Si la gleba tuvo siervos, también la industria los tiene, y el niño que trabaja antes de tener fuerzas, que tiene vicios antes de tener pasiones, que vive en una atmósfera infecta física y moralmente, en su ignorancia y en su degradación, lleva la ley de raza que le condena á una condición servil. Y de estas criaturas hay miles y millones en fábricas, en minas, en talleres, ó viviendo en los campos entre los animales y poco menos embrutecidos que ellos, ó de mendicidad por los caminos, ó de no se sabe qué por calles y plazas. ¿Acaso pueden los códigos ni las constituciones nivelar semejantes abismos sociales, ni subir á grande altura á los que han nacido en ellos? ¿Qué es la libertad en que se los deja para que se eleven, la igualdad que se les predica? Todo será menos una idea que puedan realizar en bien suyo y de la sociedad. Alguna criatura de esas que tienen en si fuerza superior á todos los obstáculos, aprovechará su aptitud legal para elevarse algo, mucho, tal vez hasta la cima; pero esto no es posible sino por excepción rara, y la regla será que no basta promulgar la igualdad y la libertad para destruir desigualdades esenciales y servidumbres degradantes. Que hoy existen estas desigualdades y estas servidumbres, se ve con sólo abrir los ojos, y que las causas que las producen son generales y profundas también se comprende sin estudio muy detenido. Esta sociedad en que se dice á los hombres que todos son iguales, que deben disfrutar sin condición de todos los derechos políticos, está organizada de modo que hay en ella desigualdades permanentes, esenciales, no de individuos, sino de masas, ó lo que es lo mismo, causas de perturbación constante en la existencia de elementos contradictorios y poderosos que chocan entre sí.
Todos elegibles y todos electores: esta es la fórmula de la igualdad política, el ideal de la democracia, y sería el nuestro si en razón ó justicia todos tuvieran aptitud para ser elegidos y para elegir.
La política parece que es alguna cosa fácil que cualquiera puede saber, ó ciencia infusa congénita en los predestinados, ó misterioso conocimiento que se comunica al ungido con una credencial ó una acta por la voluntad del pueblo ó del rey. No se proclama la igualdad para el ejercicio de ninguna profesión; con título ó sin él, se quiere que el médico sepa medicina, leyes el abogado, ciencias exactas, físicas y sus necesarias aplicaciones el ingeniero; no se permite que nadie sin estudios previos cure á una vaca ó á un caballo, y para poner la mano en las llagas sociales, para influir directa y poderosamente en la prosperidad, en la moralidad, en la honra de un país; para estar al frente de una provincia, de un centro directivo; para ser embajador, senador, ministro ó diputado, no se exige garantía alguna intelectual, ni moral, y sin ciencia y sin experiencia se administra, se gobierna y se manda.