Dicen que la política todo lo invade, lo trastorna y lo mancha; pero no se notan bastante los elementos de anarquía que lleva en su seno una política que da acceso á los puestos más importantes como se da entrada en los teatros sin más que enseñar un billete que se llama credencial. De este modo no hay ineptitud que no se habilite, medianía que no se aliente, inmoralidad que no se estimule, ambición bastarda que no se justifique, ni desorden sin excusa, ni escándalo que no tenga precedentes. En la política, por la política y para la política se cometen indignidades que avergonzarían fuera de ella, y para elevarse ó sostenerse hacen los hombres políticos cosas que no harían en su propiedad como propietarios, en el ejército como militares, en las obras como ingenieros, á la cabecera del enfermo como médicos, en los tribunales como jueces, ni aun en el foro como abogados.

Y ¿qué es la política ante la cual todos son iguales y que admite servidores y oráculos sin condición alguna? ¿Es alguna cosa de poca importancia ó de influencia pasajera que brilla ó escandaliza momentáneamente, sin llegar con su beneficio ó su daño á las entrañas de la sociedad? No, por desgracia. La política administra, organiza los servicios del Estado y dispone las condiciones que han de tener los que han de prestarlos. La política nombra al empleado probo é inteligente, ó al incapaz venal y defraudador de la Hacienda; la política pone la correspondencia pública en manos diligentes y honradas, ó torpes y rapaces; la política premia la lealtad y el valor, ó los posterga á la traición vil ó cruel; la política protege y honra á la ciencia, ó procura escarnecerla y la persigue; la política envía á los desvalidos, representantes del Estado, que los socorren ó que los explotan; la política pide con parsimonia soldados y dinero, ó es pródiga de los bienes del pueblo que empobrece y de la sangre de los hombres que sacrifica; la política aplica los recursos del Estado adonde son útiles, ó perjudiciales, y patrocina la ignorancia, ó difunde la instrucción; la política pone coto al crimen, ó le alienta con la impunidad y tal vez le premia; la política promulga leyes buenas y malas, las respeta ó las infringe. Todas estas cosas realiza la política, según es ignorante ó ilustrada, inmoral ó equitativa, y ya se ve su importancia inmensa. El que, viendo el giro que toma, dice que no quiere meterse en política y se aleja totalmente de ella, tal vez no piensa en la gravedad de su determinación y todo lo que abandona á los que reprueba y pone en manos que no le parecen puras.

Pero la política no se hace sola; obra es de los hombres, y no puede ser indiferente para ella las condiciones que impone á los que admite y el poder que les da. Atendidas las ideas y sentimientos, el modo de ser de los pueblos hoy, aun de los más cultos, la política no puede ser la fase mejor de un país moralmente considerado, y si es posible que se purgue de todas sus impurezas, ese día no llegó, y, según todas las apariencias, está muy lejos aún. La política internacional es la diplomacia, sinónimo de astucia, de engaño, de abuso hipócrita de la fuerza, de abandono del amigo leal, de alianza con el enemigo odioso, todo á impulso de pasiones ciegas ó cálculos egoístas. La política nacional no se sustrae tan cínicamente á toda ley equitativa, no proclama tan alto la omnipotencia de su poder, ni se cree tan desligada de la justicia; pero no deja por eso de asestarle terribles golpes. Debe reconocerse que una parte del mal (más ó menos, según los países) es inevitable, pero que otra podía minorarse, y que si la política será siempre ó por mucho tiempo la esfera menos diáfana y elevada en que gire la actividad de un pueblo, algo puede purificarse modificando una organización, ó más bien una anarquía, que con aparente igualdad establece el privilegio para la ignorancia atrevida y poco escrupulosa.

El primer bien de suprimir esta anarquía sería limitar la esfera de acción de la política y, por consiguiente, sus medios de perturbación. Si en vez de esa igualdad anárquica que incondicionalmente da acceso á la casi totalidad de los cargos públicos se impusieran condiciones de ingreso y de ascenso, y una razonable jerarquía, organizando la Administración, se purificaría en cuanto es posible la política. Uno de los más poderosos elementos que la corrompen es la facultad de recompensar á los que emplea, y de seducir la ambición ó la pobreza con la perspectiva de un cambio ventajoso. Quitad á la política ese campo de igualdad anárquica donde crecen tantas malas hierbas; quitadle el poder de dar destinos, y pondréis coto á su inmoralidad poniéndole á su poder. Medios corruptores tendrá todavía, pero se limitarán mucho con una jerarquía fuerte en la Administración, donde no puede quitar y poner, ni aun trasladar á su antojo.

Si la política que manda hallara un obstáculo á sus desmanes en el orden jerárquico administrativo, la política que aspira á mandar se moralizaría también; si los que conspiran no ofreciesen destinos y empleos y pudieran darlos el día en que triunfen, tendrían menos secuaces y más honrados.

Aun para los cargos puramente políticos no deberían ser todos igualmente elegibles y nombrables. Ya que no se pueda evitar, por ahora al menos, que el nuevo ministro nombre nuevos gobernadores, siquiera que tenga que nombrarlos entre personas con ciertas condiciones de ciencia y de experiencia, y que se necesitasen también para formar parte del gobierno y de la representación nacional.

¿Se evitarían con esto todos los males, ni aun el mayor número? Creemos que no. ¿Se disminuirían algo, acaso bastante? Nos parece que sí. Cuantos más elementos sociales se sustraigan al poder de la política, tanto menos temibles serán sus abusos, que se limitarían así de dos modos: purificando en lo posible su esfera de acción, y reduciéndola; porque con la facilidad de hacer mal crece el deseo de hacerle, y si todos los poderes sin límites se desmoralizan, es porque la injusticia constante é impunemente repetida forma como un foco purulento que inficiona la voluntad y hasta la inteligencia.

Si no creemos que cualquiera puede ser elegido y nombrado para cargos políticos ó administrativos que la política se apropia, desmoralizándose y desmoralizándolos, tampoco somos de parecer que cualquiera puede elegir y nombrar, sino que la elección y el nombramiento deben hacerse por quien sepa lo que hace y quiera hacerlo bien.

Donde sea muy grande la desigualdad social, no puede ser una verdad la igualdad política. Con la miseria y la ignorancia generalizada, ¿qué resultado dará el sufragio universal? ¿Qué es el voto del que no puede tener opinión? Este voto será llevado al bien ó al mal; y cuando el mal sea más fácil, cuando sus corrientes sean más fuertes, como no es escrupuloso en los medios que emplea, el voto del que le da sin saber lo que hace, es de temer que se deposite en la urna del cálculo, de la intriga ó de la ambición. Unos pocos más atrevidos, menos escrupulosos, más diestros, arrastran á la ciega multitud, y resulta que el sufragio universal, lejos de hacer prevalecer la opinión del mayor número, da el triunfo á la voluntad de unos pocos, que sofocan la opinión verdadera bajo el peso de la fuerza numérica. Si la multitud, en vez de ser arrastrada, arrastra por un momento, las cosas no irán mejor, porque la ignorancia omnipotente aspira siempre á lo imposible; la muchedumbre no tarda en verle delante de sí como un abismo; se aterra, se para y pide que la aparten de allí, sin detenerse mucho en las condiciones que le impone el que se ofrece á servirla de guía.