Sobre que el sufragio universal no es un medio de saber lo que quiere la mayoría, su voluntad, caso de investigarse por este medio, no debe admitirse como regla sino en tanto que se ajuste á la razón, y nos parece que no estaba fuera de ella el que ha dicho que «la voz del pueblo era la voz de Dios, cuando no era la voz del diablo». No hay que creer en la infalibilidad de las mayorías, ni en su acierto, cuando no tienen elementos para juzgar de lo que deciden.

Los que pretenden dar al pueblo un poder que no está en armonía con su saber, le comprometen más que le sirven; le dan una arma que no sabe manejar, y no es raro que con ella se hiera. ¡Cuántos déspotas se han elevado en virtud del sufragio universal, cuántas leyes hechas por el pueblo contra el pueblo mismo! Si no tiene la instrucción y la independencia suficiente, es el regimiento que recibe del coronel la orden de votar; la aldea que dirige el párroco ó el señor de la tierra; la fábrica cuyos operarios siguen al dueño de ella ó á algún otro que tal vez no los guíe mejor.

No pretendemos que los derechos políticos constituyan privilegio, sino que se condicionen razonablemente de modo que puedan ser una verdad y que no se vuelvan precisamente contra aquellos mismos á quienes se dan. Lo que la ley debe en nuestro concepto buscar principalmente, es saber, independencia y dignidad. El mendigo; el dedicado al servicio doméstico; el soldado[5]; el colono que absolutamente depende del señor; el que no tiene ni instrucción primaria, ni industrial, y no sabe sino remover mecánicamente la tierra, ó elevar pesos ó variarlos de un sitio á otro, á ningunos de éstos daríamos derechos políticos, porque de hecho no son ellos los que lo ejercen, sino alguno que así puede dirigirlos como extraviarlos, y muchas veces los extravía.

Puesto que la moralidad (salvo en los casos de intervención de los tribunales) es imposible de investigar, la ley electoral debe buscar la capacidad y la independencia; donde quiera que haya alguna instrucción industrial ó literaria, allí debe dar voto; y si esta instrucción no existe, no se deberá suplir con un recibo del que recauda los impuestos. La independencia se dirá que está más en la moralidad y en el carácter que en la posición, y así es cierto; no hay posición que asegure de la servidumbre, de la codicia, del cálculo ambicioso, de las pasiones violentas ó viles que dan el voto contra razón y conciencia; pero esto sólo prueba los límites de donde no puede pasar la ley y su impotencia para suplir la falta de moralidad.

En un país corrompido, tiene que estarlo la política, haya igualdad ó privilegio, tengan derechos políticos unos pocos, un gran número ó todos; pero no pone remedio á esta dolencia, antes la agrava, el sufragio universal. Los que abogan por él en un pueblo ignorante y sin costumbres políticas, parece que no saben cómo se ejerce; porque aun cuando fuera razonable atenerse á la voluntad de los más cuando no está ilustrada, no hay medio de saber esa voluntad; lo repetimos, aunque ni decirlo debiera ser necesario para todo el que no se niegue á la evidencia y no cierre los ojos á la realidad de cómo pasan las cosas: conceder voto á todos incondicionalmente, cuando todos no tienen la ilustración y la independencia necesaria, es dejar en manos de unos pocos un poder inmenso é irresponsable, lanzar al mundo político una porción de ceros que no tienen más valor que el que les da una cifra que se pone delante para mal ó para bien, generalmente para mal.

La sociedad debe hacer de modo que no haya en su seno masas que nada entienden de derechos políticos, que no les dan valor alguno, que carecen de independencia para ejercerlos; pero cuando estas masas existen, la ley política no ha de prescindir de ellas, ni suponer que se regeneran con admitirlas á votar. La ley electoral tiene que tomar las cosas como están, y los hombres como son, en el momento en que se promulga; á otras leyes y disposiciones incumbe procurar que sean lo que deben ser, con aptitud intelectual y moral que no haga ilusoria ó peligrosa la legal.

La igualdad política no puede ser independiente de la social; tiene que haber una relación íntima entre la instrucción y bienestar de un pueblo y sus derechos políticos si no han de ser letra muerta ó causa de daño. ¿Quiere esto decir que es necesario que todos sean ricos y doctores para establecer el sufragio universal?

No; recordemos lo dicho anteriormente: la igualdad es la semejanza necesaria entre las personas ó cosas que se comparan según el objeto á que se destinan; y cuando se comparan dos hombres con el objeto de que elijan un diputado, se los puede calificar de igualmente aptos aunque difieran mucho respecto á cultura y riqueza. Reconocer la semejanza suficiente y no prescindir de la necesaria, esto debe hacer la ley política al conceder ó negar derechos.

La ley electoral hoy vigente en España[6] se aproxima á lo que, en nuestro concepto, debe ser la que favorezca una razonable igualdad. Con quitar el voto á quien no sabe leer y escribir por mucha contribución que pague, y dárselo á obreros que no sólo tienen instrucción primaria, sino alguna industrial, nos parece que en este punto se llevaría la igualdad política hasta donde debe llevarse, sirviendo mejor á la democracia que con esas concesiones que no puede utilizar y que tantas veces lo convierten en daño y descrédito suyo.