Velasquín la enorgullecía; sentíase curiosa de amor, impaciente como ante el secreto de una puerta entornada... Era preciso beber la copa llena de felicidad hasta los bordes.
Y Regina, achacando las amarguras de su conciencia á lo anómalo de las circunstancias, decidió poner fin al incógnito de sus amoríos y darles la consagración pública de la boda.
—No hago mal—decíase. Y como quien recita una lección que no pasa de la memoria ni de los labios, repetía con uno de sus filósofos:
—«El bien es el placer; el mal es el dolor.»
Aun para encruelecerse, sintiendo hervoroso en las entrañas el crecido caudal de su ternura, con ronca voz, ahuecándola para que sonase firme, rezaba como de carretilla:
—«Dolor es todo lo que pone obstáculo al placer. El hombre es un lobo para el hombre, y la vida una cacería incesante donde cazadores y cazados se disputan su presa... Cada uno tiene el mismo deseo que los demás y sólo el fuerte sale vencedor en esta batalla de todos contra todos...»
Y aplicábase las terribles lecciones:
—Yo quiero lo que Ana María quiere... Soy una loba con más poder que el suyo, y le arrebato su botín...
De súbito, en la hueca resonancia de tales sofismas, rodaba gimiente el arroyo de la misericordia, y la escéptica se apretaba el corazón con las dos manos, confusa y rebelada contra unas «vulgares emociones» que no razonan los filósofos, ni los materialistas definen. Nada, en resumen; ecos febles de acentos muy distantes, en mezcla con la voz de Daniel apagada y triste, igual que un sollozo; la gentil imagen de Carlota junto á la de una dama que á Regina, de lejos, le pareció su madre... ¡Su madre!... ¡Cosa más singular!... Nunca se le había aparecido; ya no se acordaba de ella. ¿Fué bonita?... ¿Fué inteligente?... Tuvo un nombre piadoso: Rosario... ¡Qué nombre tan español y tan dulce: Rosario!...
Y Regina sintió en el pecho una blandura muy grande, como si algo se derritiera al calor de aquella palabra que pronunció con alegre asombro, entre el tumulto de infantiles memorias. La pálida visión de su niñez se extendía, como liviano cendal, delante de una hora solemne en su juventud. Y al sentirse cegada y perseguida por imágenes tan endebles, quiso reir ó cantar en broma, y sólo se le vinieron á los labios oraciones deshojadas por la costumbre, y aun jaculatorias tan simples como aquella: Con Dios me acuesto...