Asustado de la inesperada prohibición, obseso y transido, él protestó:

—¡No quieres tú!

—Sí quiero; pero Ana María sufre y la gente murmura.

Silbaron las palabras candentes y angustiosas, aunque el doncel sólo oyera un himno de esperanza:—Sí quiero... ¡Sí quiero, había dicho Regina!...

En la arquitectura inquieta del celaje rodaban las nubes hacia el mar, y los impetuosos sentimientos de aquel hombre rodaron á las plantas de la mujer. Fué allí, oscilante en la rápida pendiente, de hinojos en la alfombra agostiza, donde Velasco derramó en tumulto sus declaraciones y promesas. La provocada confesión, resbalando en el silencio campesino, pobló el aura nocturna de notas crepitantes como chispas de un volcán; y Regina, más soberbia que dichosa, tuvo desde entonces en sus manos, lo mismo que un juguete, el porvenir de Adolfo.

Después de aquella noche blanca y triste, como abandonada novia, la existencia de los dos muchachos atravesó un obscuro sendero de mentira y traiciones, en pugna con las hostilidades del destino; fingieron, burlaron, y nadie supo su ardiente y silencioso amor, que logró, apenas, breves y temerosas entrevistas, saturadas con los encantos del misterio y del peligro. En cartas vibrantes de impaciencia y de inquietud, dijéronse sus propósitos y se juraron fidelidad mil veces. Tímido Velasquín para arrostrar el escándalo de la situación, le propuso á su amada una fuga, seguida de la boda; pero en la negra trama de aquel enredo, el más fuerte acicate de Regina fué siempre el seducir al mejor mozo de Torremar, y rendirle á discreción allí mismo, ante la estúpida sorpresa de sus paisanos.

Era un empeño cruel, una perfidia refinada y aguda que poseyó á la muchacha con halago y martirio al propio tiempo. Porque el solo afán de su existencia se redujo á la persecución de aquella victoria, y, sin embargo, en la dura masa de tales ambiciones, corría un hilo de lástima y de pena, un oculto manantial tenue y piadoso, henchido á las veces, cual si anhelase hendir el bloque de helada sabiduría que le esclavizó. Túmida y verberante la pía corriente, se fué labrando un lecho ya más amplio y más firme entre las rocas de la inteligencia, y el son de aquel arroyo alzábase infantil en el alma de Regina, aguzando un humilde cantar contra las voces sabias del entendimiento y los malos arranques del instinto. ¡Y no era mucho que los ojos graves de Ana María y las doradas pupilas de Carlos hiciesen temblar á la seductora! Todos la acusaban, menos los de Ramírez. Hasta Eugenia y Dolores dijeron:

—¡Qué mal hace!

Pero las dos víctimas de la maquinación temblaron mudas, sin atreverse siquiera á compartir el mutuo sobresalto. Vagamente advertían á su alrededor un cerco invisible, una niebla opaca, algo que les produjo singular zozobra. Diríase que Regina y Velasquín frecuentaban el Robledo con disfraz de amigos, con apariencia de leales, para mejor encubrir algún obscuro propósito.

Ya Regina se cansó de aquella equívoca conducta. No más rubores azorantes, cuando los de Ramírez la miraban hasta el fondo del corazón, con una débil lumbre de sospecha; no más placeres fraguados en la obscuridad como los robos... Si logró la soñada victoria, ¿por qué no estar alegre?