Era Carlos asiduo en estas lides, con mimo y preferencia por parte de Regina. Todo hacía presumir que ella le amaba; pero á la perspicaz observación del grupo pretendiente, no pasaba oculta la implacable nube de tristeza de aquellos ojos dorados, que el joven no alzaba por completo, cual si temiese delatar su inquietud.

Esta muda elocuencia de un dolor amante sostenía las ilusiones de los demás candidatos, entre los cuales el nombre latino de la muchacha se había hecho familiar y devoto, como una breve oración. Al llamarle Reina, á ejemplo de Ramírez, cada uno de aquellos cortejantes imaginaba rendir un tributo de soberanía.

Rara vez iba Adolfo mezclado á la corte de la dominadora. Solía verla en casa de Ramírez casi todas las tardes, y algunas noches la acompañaba, como en aquella primera entrevista que tuvo forma de secuestro. Pero el extraño poder de fascinación que ejercía en los hombres la rubia moza, fué, desde el primer instante, decisivo en Adolfo, que no supo razonar la causa del encanto.

Mocero y vehemente, Velasquín había pulsado toda la lira del amor y conocido todas sus emociones, sin perder nunca en absoluto el dominio de su apuesta persona. Hasta en el hondo afecto que desde la niñez profesaba á Ana María, hubo siempre una plácida serenidad, que le hacía sonreir con la beatitud del hombre llegado á la plena posesión de la dicha por sendero sin curvas ni abrojos, ancho y florido á la faz del sol.

Súbitamente, las claras acciones y los designios apacibles del muchacho, quedáronse en tinieblas cuando el brusco deseo de Regina se le clavó en los ojos como un puñal.

Obra de maleficio parecía aquella loca y fuerte pasión que daba al traste con la lucidez y la nobleza de Velasquín. Lanzóse en un vértigo de torturas y de ardores, sin ver más que un punto luminoso en el repentino caos de su conciencia: era una lumbre roja y cruel que iluminaba como un fanal gigante el nombre de Regina.

Los violentos latidos del corazón no le dejaron al muchacho escuchar lo que pasaba en torno suyo; ni la voz solemne de su madre, que hablaba muy contenta de la boda, ni el firme acento de Manuel, explorando con ansia en la torcida voluntad del novio... Ni siquiera el blando son de una palabra que jamás dejó de conmoverle: los gorjeos amantes de Ana María sonaban ya en los oídos de Adolfo como una música remota que se extingue, que se apaga en lejano confín. Poseído, alucinado, dejábase arrebatar en la recial corriente de aquel amor brujo, y apenas si un vago esfuerzo de la pobre voluntad cautiva, lograba entre los de Ramírez cubrir las apariencias de la traición amorosa.

Desde su primer triunfo con Adolfo, en la altura brava del Robledo, Regina recordó, con frases juguetonas, que de niños se habían tuteado, y él mordió sonriente la dulce licencia de una intimidad, que no pudo sorprender á quienes ya sabían de aquellas antiguas amistades; así el roce entre ambos, corrió pronto los graves riesgos de la ternura y de la confianza.

Una noche, agonizante ya el otoño, los dos amigos bajaban del Robledo, y de repente Regina se detuvo, mirando adusta á Velasquín.

—No me debes acompañar—dijo con sorda rabia.