Sordamente, en público y en secreto, pero siempre á espaldas de la víctima, satirizaron unos y otros:—Sólo quiere amistad con los de Ramírez porque seduce al pobre Carlos para esclavizarle á todas sus locuras; se casará con ella y será infeliz...—Ya no gasta luto...—Se prende rosas ¡y usa unos escotes!—Sube al Robledo todas las tardes, y baja de noche con Carlitos... ¡del brazo!—No «lleva trato» con las señoras porque las tiene envidia...—Ya no va á la iglesia.—Ni sabe rezar...—Dicen que es protestante...—La hemos visto en su jardín, de rodillas junto á Pablo el marinero...—¡besando una flor!—Tiene libros prohibidos...—¡Sabe Dios «lo que habrá sido de ella por esos mundos»...!
A la provocadora de tales iras se le ocurrió cierta mañana detenerse con unos señores conocidos que rendidamente la saludaron. Hablóles muy cordial y les convidó á tomar café. Eran pretendientes más ó menos platónicos de la damisela, y desde aquel día recobraron esperanzas de triunfar en el corazón de la hermosa, que se les mostró afable como nunca.
Reanudáronse las tertulias en casa de Regina, pero más amplias y alegres. Desertora audaz de todo vínculo esclavo, la muchacha se engolfó en sus gustos y tendencias. Holgóse con amistades varoniles, mantenidas por ingeniosos «flirteos», y ya en completa indisciplina, olvidados los antiguos planes, tornó á sus hábitos de aventurera y de rebelde.
No tuvo intención ninguna de molestar con su desdén á las porteñas damas; la aburrieron, la estorbaron y emancipóse por hastío del culto que antes buscase por curiosidad. Pero ya puesta en franquía la encallada nave de su independencia, Regina, hábil pirata de antojos y emociones, no guardaba rencor ni menosprecio á las causantes de su breve esclavitud.
Al contrario, feliz con el estímulo de nuevas luchas sentía compasión hacia las pobres mujeres enjauladas en la rutina y en el sacrificio, como aves prisioneras, codiciosas de cielo azul y de horizontes lejanos. Y al encontrarlas en la calle, al verlas pasar desde su jardín, les hacía un saludo cariñoso, un poco tímido, algo triste. La mayor parte de aquellas señoras, vestidas por el mismo patrón, peinadas de igual modo, murmurantes y oracioneras, acompasadas en sociedad como en un teatro, dejaban en el espíritu disconforme de Regina la sensación del grillete y las esposas, en los libres miembros de un cuerpo robusto y belicoso. En cuanto á ellas, desde las del juez, timoratas y obscuras, á las de Estrada, llamativas y refiloteras, un poco en discordia con la severidad de aquel régimen educativo, ninguna se atrevió á negar el saludo á la señorita intemperante. Casi todas la envidiaron mucho y hacían esfuerzos por volver á su gracia y á su trato, aunque á mansalva la zahiriesen con heroica furia.
Por inversión de razones, la insurgente moza era para las torremarinas una imagen tangible del vuelo errante en liberación de la jaula; de las cadenas truncas lejos de la cautividad. Y volvían hacia la joven los ojos deslumbrados, al trasluz de visillos temblorosos y de mantillas devotas, con la esperanza de sorprender un graciable signo de acuerdo, y presumir ellas también de anchura y de modernidad.
Para mayor encanto y más tormento de la torva falange femenina, cuando la de Alcántara, con fácil victoria, volvió á reunir en torno suyo á los donceles de más fuste, inicióse entre los tales un grato impulso de fervor hacia la singular muchacha; y acordes convinieron en que Regina, además de ser encantadora por su trato y su físico, tenía un fondo de nobleza y de bondad en el corazón, un poso de dulzura y benevolencia en el carácter. Arreció esta piadosa corriente ensalzando las virtudes de la dama, en apariencia mustias desde que los enojos populares se escandecieron sobre ellas. Y muy pronto, en la pública devastación de aquel jardín moral, un aura de lozanía irguió en triunfo las débiles flores, á despecho de murmuradoras y agraviadas.
Unidos y separados, los contertulios de Regina le cantaban loores. Para ellos, las libertades de la moza rubia, lucían un fuerte matiz de honestidad; aquella mujer pensaba alto, sentía ligeramente, era ingeniosa, franca, voluble. En su palabra, ingenua y prócer, hialina como arroyo cantarín, nunca advirtieron el amargor dañino de la murmuración...
Estas alabanzas martirizaron la femenina epidermis de Torremar con ascua de cauterio. Pronto agudas voces mujeriles designaron á los amigos de Regina con el intencionado remoquete de la Junta de defensa. Se comentaban en fragmentos menudos los más leves detalles de las excursiones y holgorios en que la de Alcántara se entretenía, y túvose por cierto que no llevaban otro camino que la conquista matrimonial de Carlos Ramírez.
Entretanto, la revolucionaria doncella no perdonó ninguno de sus placeres predilectos, por insólito que allí resultase. Montaba á caballo vestida de amazona, con sombrero calañés y flotante cendal, escoltada de jinetes; mecíase sobre las olas, en traje de balandrista, entre los yatchmen del club, sin haber amanecido aquel «mañana» en que debiera escribir encargando su esquife; salía de caza á deshora, con audaces bombachos y masculinos arreos, y supo cobrar gentil fama de valiente en todos los deportes que inició.