Absorto el médico en estas observaciones admirativas, oye una voz varonil que amargamente censura:

¡Reina!... ¡Se llama Reina!...

El indómito acento emerge de la granada boca de Felipe Alonso, otro pretendiente desdeñado por Regina. Bello y lánguido muy poseur y algo cursi, el galán perora en trágica postura y balbuce crueles palabras de vilipendio y sorpresa, delante de aquel nombre mecido en la bahía con la altivez de una revelación que el mar hiciese á la costa: «Sí, señores,—parece decir el rótulo negro sobre el casco níveo—; Adolfo Velasco y Regina de Alcántara son novios; se entienden; se adoran; se van á casar. No escandalicen ustedes ni pongan el grito en el cielo: á pesar de Ana María, prometida esposa de Adolfo, y á pesar de Carlos, cortejante preferido de Regina... ¡el balandro de Velasquín se llama Reina!...» Y ante las voces mudas de aquel letrero, mientras Paco Ordóñez ríe consolado y voluble, Felipe Alonso entona hacia el mar su lírica declamación; habla de «felonías y de sangrientas burlas», y pone á los elementos por testigos de «aquella infamia». Diríase que goza en lamentarse, teatral y seductor, con los ojos en blanco y la palabra conmovida.

De pronto Ordóñez, que ha vuelto la cara, advirtiendo cómo la gente acude á la contemplación del Reina, ve agitarse un lienzo blanco y copioso en el mirador de las de Bernaldo. Es que Fabricio les hace señas con una toalla, acaso con una colcha. El talludo galán está frenético, al parecer, y los dos mozos cruzan el tablado del muelle y pasan veloces á la acera. Sorprendido en su crisis declamatoria, el orador va ensartando periodos retumbantes que á don Celso le harían muy feliz.

Pero ya Ordóñez se aburre un poco de tal comedia, y puesto que Fabricio y sus hermanas servirán admirablemente de auditorio á los discursos del amigo, puede el médico escaparse á la «visita». Saluda hacia el mirador, donde ya otean curiosas las dos Bernaldas, deja que Alonso se les arroje en el portal con frenesí.

Bajo los visillos temblorosos de las señoritas de Estrada, detrás de los cristales por donde se atisbó á Regina la noche de su regreso, suscítase, también, con violentas discusiones, el notición del día.

Juntas están aquella tarde allí las más parleras y desocupadas señoras de la vecindad, y todas á un tiempo charlan y censuran, se indignan y compadecen: «¡El balandro de Velasquín se llama Reina!...»

Esta frase, que ha volado sobre la bahía como una gaviota en augurio de tempestad, tiende ya sus alas por todo el recinto ciudadano, y anida en cada reunión donde los chismes son pasto del aburrimiento.

Gloriándose de adivinadoras, casi todas las mujeres que hacen coro á las de Estrada, cuentan que sospecharon siempre de la lealtad de Regina. Su carácter veleidoso, sus extravagancias, sus ideas, no están de acuerdo con los cánones de la educación y costumbres que allí se usan... Por eso la dejaron sola con sus caprichos y osadías; sola con sus predilectas amistades...

Y aquí aparece la herida de amor propio que la de Alcántara causó en muchos de aquellos corazones femeninos. Incapaz de disimulos ni de reparos que estorbasen sus intentos, Regina «dejó solas» á las damas que ahora se precian de haberla abandonado. Ella fué la que, en rebeldía contra la quietud y el encierro, licenció de un modo brusco y ejecutivo á la voluntaria corte de amor formada en su gabinete. Una tarde estival, cuando aquel mixto ejército de conquista, subió, valiente, á divertir á la de Alcántara, supo con sorpresa y enojo que el astro nuevo se declaraba en eclipse:—La señorita ha salido—anunció Marta, únicamente, sin más explicaciones ni disculpas. Y era de ver el trueque de voluntades y de sentimientos que envolvió desde aquella hora á la insurrecta muchacha, capaz de infringir en un arrebato jactancioso todas las leyes firmes de la buena sociedad torremarina. Densa nube de comentarios agresivos descargaba sobre la reputación de la moza.