—Muchas enfermedades, ¿eh?
—Algo de grippe.
—¡Eso es bueno!
—Cosa benigna...
—¡Válgame Dios!...
Con un suspiro, á sordas zancadas, el boticario desaparece detrás de la vidriera, dejando en el húmedo dintel señales puntiagudas de sus luengos escarpines.
Muerde Paco Ordóñez su risa retozona á espaldas de don Celso, sube la calle, cruza la Plaza y toca la ribera bajando por la rúa Mayor.
Menudo y saltarín, el médico se confunde con algunos golfillos que á la orilla del muelle vivaquean, sucios y haraganes. Y pronto uno de ellos apunta entre las embarcaciones fondeadas en la bahía al grimpolón azul del balandro nuevo.
—Aquel es, don Paco.
Contempla Ordóñez un hermoso «diez metros», de construcción reciente: su casco blanquísimo no parece tener sino un punto de contacto con el agua; sus lanzamientos de proa y popa son airosos y elegantes como dos flechas; alto de guinda, yergue su palo mayor de pino del Canadá, entre la finísima jarcia, y sólo considerando la enorme cantidad de plomo que forma el «bull», oculto bajo las olas, puede comprenderse cómo aquel armazón estrecho y de tan poco puntal, soporta la altura del palo.