Y el mediquín, mozo placentero y amable, enemigo de la discusión, asiente sin más resistencia á las certidumbres dramáticas de don Celso; y mientras se calza los guantes, gesticula en faz de asombro:
—¡Menudo lío!...
Luego silba, tararea, se encoge escalofriado, y al fin se despide, en el preciosa instante en que don Celso recluye los papeles de sulfonal en una caja de color de rosa.
Ya está Ordóñez en la puerta cuando el químico le persigue aún.
—Vaya á ver el balandro por sus propios ojos.
—¿Le ha visto usted?
—Sí. Anoche, «á las altas horas», supe, «confidencialmente», que el yate de marras estaba en la bahía con el «nombre fatal» en el costado... Y al amanecer acudí á cerciorarme... Vaya usted, amigo mío, y medite en la versátil mudanza de los humanos sentimientos; en las traiciones, en los perjurios de la juventud.
El mozo rubio y festero ahueca la voz para decir, muy compungido y lúgubre:
—Iré á «la visita» por el muelle...
Da algunos pasos, y otra vez le asedia el farmacéutico, que cambia, de rostro, y plácido interroga: