—¿No dice usted que Adolfo «hace mal cambio»?

—Y lo creo... Pero así es el mundo. La de Alcántara tendrá siempre más partido, porque es asequible, coqueta, independiente... Ana María, aparte «lo que sabe usted», causa un poco de susto por sí sola. ¡Se esconde tan lejana, tan sombría, entre un padre loco y un hermano altivo!...

—Carlos ahora se había humanizado mucho.

—Hasta el extremo de parecer otro. Bajó de su torre de marfil, enamorado de Regina, y todos le teníamos por rival con fortuna; pero... ¡si usted acierta!...

—Y predigo un sangriento desenlace—efunde don Celso con voz cavernosa—. El Ramírez ése, con su aire infantil y romántico, es un mozo de grandes pasiones, un impulsivo atroz, y tomará en Adolfo doble venganza. Se avecinan sucesos sensacionales; hay en la atmósfera saturación de odios... de amores... de crímenes...

El médico da un salto casi mortal, y á orilla de la vidriera escruta el horizonte en cómica actitud.

Pero la mañana torremarina no ofrece síntoma alguno de trágicas aventuras; la escoba de un barrendero traza en el desigual empedrado fugaces surcos de limpieza; un chiquillo haraposo vende los diarios de la corte y La Voz de Torremar; una moza desgreñada sacude alfombras en la casa vecina...

Aquel matiz tristón y anodino de vida provinciana ofrece tal contraste á los augurios de don Celso, que Paco Ordóñez rompe á reir.

—Ya vendrá mi tocayo, el tío de la rebaja...

Mas el célebre inventor de específicos no admite bromas ni sospechas contra sus predicciones. El está seguro de la que anuncia; tiene antecedentes y datos que acrediten sus profecías.