—Pues les va á dejar á ustedes con tres cuartas de narices.

—Mal cambio hace—critica Ordóñez en lamentable tono.

—¿Malo?... Están de enhorabuena entonces los mocitos pretendientes—insinúa dicaz el farmacéutico.

Se enfrasca el doctor en graves meditaciones y hace volatines en el sofá, sentenciando:

—Es una monada esa chiquilla del Robledo, una criatura sans pareil, guapa, seria, lista, dulce, con dote, con ángel...; ¡pero esa historia!...

—¿De la mamá?

—¡Claro, hombre!... Y luego, si Adolfo «la planta», yo aseguro que se queda para vestir á la Virgen.

—Atrévase usted...

El doctor sacude dos dedos, que triscan; sonríe, pasea y responde:

—¡Cualquiera se atreve!