el balandro de velasquín.—tempestad en un vaso de agua.—nuevos apuntes para la moral de regina.

Agoniza el otoño. ¡Qué triste y qué amarillo! La mar se mece turbia; están pálidos el cielo y la costa; la playa desierta, el muelle en quietud.

Los torremarinos desocupados no sienten la influencia pesarosa de esta mañana gris, merced á una emocionante noticia que voló como ventada de Noroeste, desde las mismas olas hasta la calle Real, los arrabales y la Plaza Mayor, agitándose con ímpetu de borrasca en la botica «de abajo», sobre los pintados bigotes de don Celso y la plácida compostura de unos papeles de sulfonal. Puso el químico seductor su más enigmática sonrisa en la ambigua frase:

—Considero elocuente y luminoso que el balandro de Velasquín se llame Reina.

Elocuente y luminoso... ¿Cree usted?...—subraya alusivo Paco Ordóñez.

El vejete afirma perspicaz:

—Hace ya tiempo que yo barrunto esa traición.

—¡Pero es inaudito!

—En materia de amores no hay nada que me asuste.

—Tiene usted buen olfato... Yo confieso que Adolfo no me hacía sombra.