La sigue el mozo sometido, casi sin volver la cara para decir adiós.
Y en la complicidad del paraje y de la noche, aquella extraña partida toma el aspecto de un rapto ó de una fuga...
Se encienden las estrellas, altas y palpitantes, en un cielo de raso azul. Carlos y Ana María, tristes y mudos, afrontan el camino penumbroso del robledal. Distraídamente el muchacho recoge en la hierba una cosa blanca y mustia; y al punto la niña extiende su mano hacia aquel objeto, y balbuce:
—Son aquellas dos flores... «que no sirven para nada».
Ha sonado su voz profunda y tremorosa, delatando la valentía de una pena que no quiere llorar. Un acento parecido, más sonoro, más grave, compadece:
—¡Ah, sí! ¡Pobrecillas!...
Y las flores tornan al prado, colocadas con dulzura, como si pudieran lastimarse y sufrir.
Con menos compasión de dos corazones amigos deja Regina de Alcántara las cumbres del Robledo, llevándose en las redes de sus curiosidades y ambiciones el drama de Carlota, el amor de Carlos y tal vez la felicidad de Ana María.