—Esa pícara le habrá dado algún bebedizo, pero no se casará con él; Dios no lo puede permitir... La culpa de todo esto la tienen los aduladores que se complacen en santificar diablos... ¡Lucidos están!

La alcaldesa, aprovechando el auge que disfruta Adolfo, coloca con gran éxito uno de sus «estudios feministas», como llama con pedantismo á las confusiones históricas que suele referir: «El ilustre doncel es descendiente de una dama famosa por su estirpe y caudales, doña Velasquita, oriunda de un cántabro solar que dió á España varones insignes como Lain Calvo y Nuño de Rasura...» Piérdese la bachillera en la noche de los tiempos, buscando el origen de Velasquín en la remota península de Escandinavia; y luego discurre sobre la etimología del apellido, «á que dieron honra Condestables castellanos, y títulos rivales en grandeza con los propios reyes...»

Lanzada la historiadora en un caos de erudición y verbosidad, á vuelta de comentos más confusos que verídicos, viene á decir, con énfasis, el pomposo mote de doña Velasquita, que en la cántabra ribera del Asón, orló su escudo con el soberbio alarde:

Cuanto ves de río á río, todo es mío...

Un aroma de abolengo y popularidad unge el nombre de Velasco en el auditorio femenino de la alcaldesa. Avidas de emociones y de asombros, las señoras atribuyen un poder casi regio al descendiente de doña Velasquita, y aplicándole una síntesis del heráldico aviso, murmuran con unción: ¡Todo es suyo!...

Sin llegar al Casino sabe Carlos la gran noticia. Se la dice Estraduca en el recodo del muelle:

—¿Vas á ver el balandro de Velasquín? Se llama Reina.

El viejo oye todo el día como un sonsonete aquella frase, sin advertir su importancia. Comprende que es cosa oportuna, de interés y valor, porque la siente rodar con metálicas vibraciones, como una moneda de oro, en los tristes silencios de la ciudad. Llevó aquellas palabras en los oídos al salir de su casa: el balandro de Velasquín se llama Reina... Y como un eco, el pobre señoruco, se las repite al primer amigo que le saluda. Después, aguarda los comentarios de rigor: —¿Es posible?... ¿Qué me cuenta usted?...—¡Pues está eso gracioso!...

Pero Carlitos no dice «esta boca es mía». ¡Qué pálido y qué mustio le parece el buen mozo á don Victoriano!

—¿Te sientes mal, hombre?