—No, señor.

—¡Ah!... Ya no me acordaba de que todo lo veo amarillo... perdona.

Y sonriente, simple, continúa la incierta marcha á la luz enfermiza de sus anteojos. Va diciendo, maniático:—Pues, sí, sí; ¡se llama Reina!...

En su profunda estupefacción, Carlos halla un solo impulso: llegar al muelle. Su mirada recorre la bahía con fulgores de relámpago. Allí está la verdad, irónica, implacable, meciéndose en la niebla bajo el señuelo vistoso del gallardete azul, como brote cruel de un largo temor, de un oculto presentimiento...

Con giros de beodo, atormentado por muchedumbre de angustias, cuajadas en una sola, el joven torna maquinalmente al yerto camino del robledal. Sube y sube, afianzando los pies en la pradera marchita, con esfuerzo terrible, como si escalase una montaña de abrojos. Ya en la línea siniestra del boscaje alza la frente y mira á su alrededor con novedad, igual que si nunca hubiese visto sus robles en deshoja, con el tétrico aparato del otoño.

Loca y triste, la quejumbre del viento mueve ruido de penas en las hojas caídas, y ante la desnudez crispada de los árboles, imagínase Carlos que todo el bosque se retuerce con pasión hacia los cielos.

Va á sonar la hora en que Regina sube por aquel camino muchas tardes. Con el corazón estrangulado, se detiene el mozo en la linde sagrada para sus amores: quisiera padecer muy de prisa, devorar su dolor en un hartazgo mortal; porque le amedrenta el porvenir extendido delante de su juventud, como una llanura sin límites; la vida de aquellos últimos meses, entre ilusiones y espantos, le arde en el pensamiento con ascuas que amapolan su rostro y le salpican de sudor.

Puesto que la burla de su felicidad sirve de mortaja á la felicidad de Ana María, Carlos tiene la certeza de que ya en el mundo todo le será hostil y aborrecible. Pero su amarga desesperación no fulmina una sola censura para la mujer traidora; y al sentirse incapaz de condenarla ni siquiera en mudo reproche, alza los hombros con desdén de sí mismo: ¡la ama dolorosamente, en desenfreno estúpido, que ni aun sabe maldecir! Y quédase clavado á la tierra, lo mismo que un brote débil del trágico robledal, desnudo de esperanzas como éste de hojas, cuando la vocecilla infantil de un pastor ó un vagabundo lanza al viento, desde oculta vereda, un canto montañés, triste y pausado:

«Que no la aguardes,

porque no viene;