que se ha quedado dormida

debajo de los laureles...

Ya no la llames,

que no te quiere...»

Toda la hombría de Carlos Ramírez se derrumba al tenue contacto de aquel cantar. Siente en el corazón el vacío del hundimiento y en la carne un cansancio miedoso, igual que la noche en que una mano blanca le dijera en el hondo camino de la costa: ¡Adiós!... ¡Adiós!...

Rueda en el aire, arrastrándose con languidez el estribillo:

«Ya no la llames,

que no te quiere...»

Y el mozo huye y llora, en humilde impotencia, sin rumbo y sin consuelo.

Cuando más abismada lleva la frente y más errante el paso, una voz oralina le sacude, y la sombra clara de una mujer se cruza en su camino.