—¿Adónde vas?—le preguntan.
—A ninguna parte—responde trémulo, mirando á su hermana con terror. La ve serena, y suponiendo: ¡No sabe nada!, añade difícilmente:—¿Y adónde ibas tú?
—En busca tuya, para decirte... «eso» que ya te han dicho...
—¿Que el balandro de Adolfo...?
—Se llama Reina—concluye Ana María con emoción de lástima, pero con mucha paz en el semblante y en el acento.
Aunque la muchacha es valiente, Carlos la observa con inquietud, y, por decir algo, mordiendo los sollozos, pregunta:
—¿Estabas sola?... ¿Él tampoco ha venido?
—¡Claro que no!
En el triste declinar de una sonrisa, la mirada indulgente y leal de la mujer va á hundirse en los ojos del niño, hinchados de lágrimas.
—Yo lo siento por ti—dice piadosa.