—¿Pero no le quieres mucho?
—No; no le quiero—explica ella con ingenuidad—, porque... ¡nunca he podido llorar por él!... Es menester—continúa—que no me hagas llorar tú... ¡Por ti sí que puedo llorar!
Y en aquel doloroso ambiente de ausencia le ofrece sus dos manos de niña, tan firmes y suaves, que el mozo se deja conducir con la gratitud del peregrino que, en la cerrada noche del desierto, hallase, por ventura, las alas de un querube para hurtarse á la sombra y al cansancio...
LIBRO TERCERO
EL DESHIELO
I
revelaciones de una hora sentimental.
Por qué lloras, Ana María?
Al son de esta pregunta, hecha con varonil y cariñoso acento, se estremece la joven y trata de esconder su pesadumbre; pero Manuel Velasco, sorprendido de hallar á la niña de Ramírez tan afligida y llorosa, en la gran sala del laboratorio, se acerca dulcemente con una noble expresión de ternura.