Es muy temprano. La cobarde claridad de una mañana inverniza penetra por los altos ventanales del salón y desciende hasta el suelo, como la lumbre perezosa de un crepúsculo. Bajo esta luz tan desmayada y triste, tiene el laboratorio un rígido semblante de aula desierta, de museo abandonado: las recias paredes; el techo de obscuros artesones; las puertas de hojas macizas; los estantes y anaqueles llenos de volúmenes, de aparatos científicos é instrumentos de labor; la fauna y la flora, disecadas y expuestas en aparadores y vitrinas, los metales, pedruscos, fósiles, monstruos submarinos, reliquias de la prehistoria; todo parece viejo, exangüe, descolorido, muerto, como si la naturaleza, agotada y marchita, yaciese en libros apolillados, en aguas turbias y en cárceles de cristal.

Una fuerte atracción guía con frecuencia los pasos de Ana María hacia este recinto de soledad y de tristeza, donde las voces retumban solemnes como en un templo. Si Manuel trabaja, la niña no le interrumpe: llega hasta el dintel, clava allí la penumbra de sus ojos, escucha, sonríe, y se aleja despacito, con la pena de no atreverse á entrar. Sólo algunas veces llama para balbucir:

—Mi padre padece demasiado... Tengo miedo... Acude, por Dios...

En ocasiones, abriendo la puerta de repente, el discípulo ve una sombra fugitiva que en el obscuro corredor deja rastros misteriosos, como el perfume de un secreto...

Aquella mañana, cuando Manuel sorprende á la madrugadora embebida en sus pesares tan temprano, se revela el más profundo cariño en la voz, que pregunta:

—¿Por qué lloras, Ana María?

Y entre el desorden de los cabellos graciosos, ella levanta el semblante apasionado y dulce para responder muy firme:

—No lloro por él... Te lo juro.

Lo mismo que Carlos una noche en el robledal, Manuel interroga con sorpresa:

—¿No le querías?