—Sin duda, no. Sus traiciones sólo me inspiran lástima. Lloro porque mi hermano sufre de un modo cruel y me siento incapaz de consolarle.
—Yo te ayudaré. No llores... le salvaremos.
Es tan enérgica y piadosa la expresión del amigo, que Ana María le contempla mudamente, con aquella mirada suya rebosante de revelaciones, que á Manuel le hace temblar.
—Buscaremos—dice él huyendo de tales miradas, breves y agudas como gritos—una eficaz medicina para Carlos.
—¿Sólo para Carlos?—pregunta la moza, ingenua y anhelante.
—Pero ¡si á ti no te hacen falta! En cuanto él se cure serás tú feliz... ¿No es cierto?
—¡Feliz... feliz...!—balbuce ella.
Y viéndola desfallecer con blancuras de lirio, Manuel la sostiene en sus brazos al borde de la mesa donde se apoya, entre vasijas con líquidos de colores, pinzas y bisturíes.
—Entonces... ¿le querías?—inquiere Velasco lleno de incertidumbre y de piedad.
—No... no...