—Pues si vamos á curar á Carlitos, ¿por qué lloras?
Una cabeza muda y pálida rueda sobre el hombro del caballero, y todo el busto de la muchacha, inerte y exánime, queda entre los brazos acogedores. Guarda Velasco, junto á sí, un momento, la reliquia de aquella frente pura y humilde, como trémula corola de una flor; levanta después el dulce peso de la joven desvanecida, la tiende en un diván, y angustiado, presuroso, rocía las heladas sienes, frota los pulsos irregulares y acerca á la afilada naricilla un frasquito de sal. De hinojos en el suelo, á los pies de la niña inmóvil, avizora en sus labios el soplo de la blanda respiración; y hay en la arrogante figura del discípulo, en su actitud devota y recogida una ternura paternal, un resplandor de fuertes y contenidos amores.
Va creciendo la mañana, lluviosa y triste; en los sonoros ámbitos del aula reina un silencio imponente. ¡Con que terrible melancolía se dibujan allí los tesoros y los misterios del mar, las algas, las conchas y las flores, las piedras y los moluscos, los pólipos gigantescos, las osamentas prehistóricas; jirones arrancados á las entrañas de la vida, yertos despojos de la ciencia militante! A la indecisa luz que vierte el cielo en el ancho salón, se ven confusamente aletas enormes y monstruosos tentáculos; arrecifes coralinos en miniatura; animales vivos en redomas de cristal; frascos panzudos donde el alcohol sostiene cien formas de vidas muertas...
Pero todo aparece sin el debido concierto ni la pulcritud que fuera menester. Añorante de las próvidas manos de Carlota, esta gran cátedra en que un solo discípulo estudia y vigila, tiene á la sazón un aspecto de pesadumbre y de abandono. Aquí donde tuvieron sus gérmenes las íntimas tormentas familiares, pasó antaño una ráfaga de heroísmo que dió al laboratorio cierto rumbo y compostura. Cuando Carlota posaba sus manos lindas y veloces en todo este arsenal languideciente; cuando ella ponía su gracia y su entendimiento al servicio de la ciencia, entre el sabio iracundo y el discípulo fervoroso, diríase que hasta en las vidas inferiores y petrificadas del museo se encendía una promesa de resurrección, un soplo invisible de inmortalidad. Y ahora que no estallan las voces furibundas en el derrotado salón, ahora que la heroína no ennoblece con sus lágrimas el semblante frío de esta ciencia ruinosa, todo aquí tiene un tinte de fracaso, un perfume acre y mortal. El biólogo, al recluirse mudo y hostil en su gabinete, ha dejado en irreparable revolución las colecciones, y ha puesto en fuga al breve personal que en su parte profana asistía á todos los menesteres del instituto. Sólo un misterioso encanto, de muy hondas raíces y muy fuertes ligaduras, abre todavía aquella puerta para que el discípulo de don Juan trabaje, sueñe ó llore... Más bien parece que sueña ó que llora, á juzgar por el desaliño de su mesa de labor y por el trágico matiz del aula. Y aunque va y viene por ella el «hada del Robledo», algún otro hechizo, como el que Manuel sufre, la incapacita para prevenir y atender aquellas minucias donde puso sus manos incansables la Bella durmiente del bosque...
A esta luz grísea, en este marco singular, adquiere ternura conmovedora el grupo de la niña aletargada con el caballero de hinojos á sus pies. Ya éste se impacienta, aguardando un síntoma de reacción en aquel ser angelizado y noble, en cuya frente el dolor finge un sueño. Tiene la muchacha inclinada la cabeza hacia Manuel, y toda su figura grácil yace desvanecida, con trazas de profundo cansancio, como si hubiese caído en el sofá después de un peregrinaje azaroso y terrible. La dulce faz dormida denuncia una temprana pena, y á la pálida boca parecen acudir, en amargo pliegue, implacables tristezas de amores imposibles.
Aquel gesto delator pone tal semejanza entre la niña y su madre, que Velasco, absorto y dolorido murmura:
—¡Carlota!... ¡Carlota!...
Como si este nombre la despertara, anhela el pecho de la joven, tiembla un suspiro en sus labios y abre los ojos con angustioso esfuerzo, muy turbada, muy sorprendida.
De repente se alumbra su memoria: ya sabe por qué está allí sin fuerzas y sin voz; por qué Manuel le dice cariñoso y aturdido:
—Esto no vale nada... Ya pasó; no te asustes.