Pero ¿qué? El está de rodillas acariciando las manos yertas de la muchacha: ¿cómo puede suceder semejante cosa?
—¡Dios del cielo!—prorrumpe Ana María, levantándose con vehemente impulso de esperanza y emoción.
Y Velasco, que también se levanta, la mira ahora hasta el fondo de los pensamientos, hasta hacerle bajar los melados ojos. Pero no está conforme todavía; ha llegado el instante decisivo en que él debe conocer todo el grave secreto que vislumbra. Toma familiarmente la barbilla de la muchacha y alza aquel lindo rostro, entre nubes de rubor, diciendo:
—Mírame bien.
Ella obedece, trémula y roja. Una niebla de llanto se deshace sobre la luz humilde, como albor de lámpara, que la pasión enciende en aquellos ojos.
—Ya te miro—musita.
El discípulo de don Juan es un gran sabio, sin duda, en más de una ciencia humana, porque no se deja engañar por el velo que en aquellas pupilas obscurece á la delatora lumbre.
Ya leyó, de corrido, en el precioso corazón de la mujer que le oye suspirar y le oye decir:
—¡Pobre ángel!
Y al comprobar sus temores, pálido y serio, sólo se le ocurre á Velasco esta pregunta, tácita y honda: