—¿Por qué «entonces», te ibas á casar con otro?
—¡Oh, Dios mío!—gime la turbada niña, que sólo sabe mentar á Dios en aquel apuro tan tremendo. Se ve descubierta. Comprende que ha mostrado el tesoro de su alma, precisamente al hombre á quien más quería ocultarle.
—Pero yo nada te he dicho—balbuce con timidez y asombro, sin comprender que alude al oculto reproche del caballero, ratificando así la inconsciente confesión de sonrojos y lágrimas en aquella hora sentimental.
Manuel la contempla, ausente de sí mismo, envolviendo en una mirada piadosa y limpia la juvenil hermosura que se le ofrece con tan ingenua sencillez.
Alta, mimbreña, con el cabello tenebroso, la boca dulcísima, los ojos enamorados y obscuros, la tez de una blancura mate y doliente, Ana María Ramírez es el vivo retrato de su madre. Aquel ademán gentil para alzar los cabellos sobre la frente, aquel hechizo de melancolía, la voz triste y suave como una romanza, todo es en ambas semejante y original...
Meditando en ello, Manuel Velasco sueña y adora, mientras la niña, confusa y atormentada, está á punto de echar á correr. El adivina su movimiento de fuga y la detiene.
—Todo el mal que mi hermano os hace—dice con solemne tono—, yo juro repararlo.
—¿Por lástima?
—Por amor.
—¡Ah!