Duda la niña, tremante y absorta, al borde de un abismo de felicidad, que mide su corazón por primera vez. Y Velasco, viendo disiparse la niebla de lágrimas en los radiantes ojos, sonríe y promete todavía:
—Por amor, te haré muy feliz...
No miente. Por un profundo y noble amor, lleno de caridad y devociones, ha jurado hace tiempo ser la providencia de Carlos y Ana María. Cumplirá su promesa por encima de todos los renunciamientos y de todos los sacrificios. Y como la muchacha, sacudida por violenta emoción, está pendiente de los labios que la sonríen, él acude á desvanecer los temores y las sombras que adivina en su actitud interrogante.
Tiende los brazos, acogiendo á la niña como cuando era pequeña, y la infeliz goza tan consolada ternura sobre aquel corazón amigo, que sus dolores se deshacen en alegría inexplicable y muda, en tanto que Manuel le dice:
—Antes que de nosotros, nos ocuparemos de tu hermano, ¿quieres?
—¡Sí, sí!... ¡Pobre hermano mío!
—Vamos á darle una carta que le alegre mucho... ¿De quién dirás?
—¿De quién?
—¡Si fuera de tu madre!