—¡Una carta de mi madre!—pronuncia Ana María con asombro rayano en terror.—¡De mi madre!—repite. Y luego interroga fuera de sí:
—Entonces... ¿la escribes tú? ¿Sabes dónde está?
Tiene extraña prisa por separarse de Velasco; pero él, reteniéndola, dícele de nuevo:
—Mírame á los ojos.
—Ya te miro—torna á responder seria y amarga.
—Me ves el corazón..., ¿no es verdad?... Escucha: tu madre escribe á la mía, porque desde lejos vela por vosotros. ¿Supones que podría vivir sin saber de sus hijos?
Ha puesto el mozo en estas frases calor de honradez y bálsamo de oración, con tal eficacia, que la niña, un tiempo recelosa de la asiduidad de Manuel en aquella casa, ya nada sospecha ni teme.
—¡Oh, mamá, mamá!—llora con infinita dulzura, sintiendo cómo las caricias de su madre llegan, providentes y milagrosas, á curar su infortunio.
Pasado el primer estremecimiento de la consoladora novedad, hablan largo y tendido Ana María y Manuel. Buscan horizontes de esperanza bajo la cerrazón de las nubes decembrinas, precisamente en el instante en que unos novios vuelven de la parroquia, con más trazas de duelo que de nupcias.