Al final del palique en que se engolfan la niña y el caballero, sabe ella cómo su madre se esconde en un rinconcillo francés, entre Pau y Lourdes, acechando la abrupta ribera española, donde por antojos de la suerte se llegó á convertir en selva de corazones tristes cierto bravo robledal. Y Manuel sabe, en confesión muy difícil y tímida, que una mujer encantadora, con alma de ángel, amó en Velasquín un sueño, un apellido... tal vez la semejanza con otro hombre que era el realmente amado y que á la moza le parecía un imposible...

II

historias retrospectivas.—la infancia de la «bella durmiente».—la atracción del abismo.—el fauno.—la mujer y la madre.—un idilio y un juramento.—aromas de caridad.

Manuel Velasco y su amiguita Carlota de Heredia crecieron casi á la par en Madrid, al amor de dos hogares vecinos y felices, donde se unían los privilegios de la opulencia y del blasón. Fué la niñez de ambos rapaces una dulcísima historia de ternuras y ensueños románticos; los dos mostraban igual aptitud y agudeza; los dos pertenecían á esa casta infantil soñadora y precoz que pone los ojos llenos de curiosidad en todas las secretas interrogaciones del mundo y otea el porvenir en las noches azules pobladas de prodigios.

La vecindad y continuo trato; la similitud de gustos y caracteres; la noble intimidad de sus familias, fueron parte á encender una suavísima afición en aquellos corazones afectuosos: mayor ella, tres años, y más viva de genio que el rapaz; madrileña, pero de origen andaluz, ponía su gracia impetuosa, como un rayo de sol, en la arrogancia taciturna del niño montañés, mientras el diminuto hidalgo, con el calzón á la rodilla y el aire severo, se engreía al recibir los favores de Carlota.

Muchas veces sus padres, al verlos juntos y escuchar palabras de aquiescencia en juegos y charlas, al sorprender sus actitudes inclinadas siempre hacia la misma curiosidad, siempre vueltas á un anhelo semejante, decían con fruición:

—Han nacido el uno para el otro...

Y un prematuro plan de boda consagraba estos cariños infantiles en la vieja amistad de Heredias y Velascos, sin suponer por cuán diversas rutas les había de encaminar el destino.

Espigaba en preciosa mujer la señorita de Heredia, cuando el hijo de doña Mercedes, la señora de Velasco, empeñado ya en serios estudios, fuese á trabajar en París cerca de un sabio naturalista español, oriundo de la Montaña. Al partir Manuel, puso, con sutiles afanes, cierto anillo familiar en un dedo muy mono de Carlota, para que prevaleciese en la ausencia aquella mutua afición, esperanza de sagrados vínculos, y las madres de los jóvenes aludieron al posible matrimonio siempre que miraban al porvenir en sus horas de intimidad.